Crear intriga: la ironía dramática en “Hannibal” y “Bates motel”

Bates-Motel

De un tiempo a esta parte, las series de televisión parecen haberse convertido en el formato preferido por guionistas y directores para dar rienda suelta a grandes tramas y personajes inolvidables. No hay más que darse una vuelta por las redes sociales y escuchar los clamores de los seguidores de American Horror Story, The Wired o Juego de tronos, entre otras.

Yo creía haber desechado la televisión por completo desde hacía bastante tiempo. Breaking Bad tuvo la culpa de mi reenganche. Los primeros capítulos de su primera temporada bastaron para que yo dijera: “Esto no puedo perdérmelo”. No es que sea la mejor ficción escrita jamás, pero argumentalmente, incluso a nivel de empatía con los personajes, es de sobresaliente. Forma parte ya de la épica del siglo XXI.

Desde hace poco tiempo, sigo otro par de series: Hannibal y Bates Motel. Ambas, basadas en películas que fueron éxitos de taquilla (inspiradas a su vez en las novelas Psycho de Robert Bloch -un true crime de escaso alcance, hasta que cayó en manos del mago del suspense-, y Dragon Rojo de Thomas Harris).

psicosis

Ambas series, aunque se parecen entre sí tanto como un codo a un culo, comparten algunos denominadores comunes: Ambas tratan sobre dos psicópatas o asesinos de renombre dentro de la ficción. Ambas son precuelas de las obras que lanzaron a dichos personajes a la fama. Y ambas utilizan el recurso narrativo conocido como ironía dramática.

¿Qué es la ironía dramática? Expresado en pocas palabras, es cuando el lector o el público conoce más sobre el destino de los personajes que ellos mismos.

La creación de la intriga a través de la ironía dramática se nutre de dos factores: Ver cómo el personaje evoluciona hasta convertirse en lo que sabemos que realmente es y cómo enfrentarán los protagonistas los hechos que ya conocemos en el momento en que les sean revelados. Hannibal por su lado y Bates Motel por el suyo, explotan estos recursos, cada uno a su manera.

Clavemos aquí un enorme cartel de *ATENCIÓN: SPOILER* y empecemos con Bates Motel:

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Todos conocemos la historia. Norman Bates es el joven gerente de un motel de carretera que, travestido con la ropa de su madre, asesina a las jóvenes despistadas y atractivas que acaban pasando allí  la noche. Esto sucede debido a que Norman es un perturbado, con una especie de bipolaridad que le lleva a ser cómplice y encubridor de los crímenes que, en su locura, él atribuye a su madre muerta.

En Bates Motel asistimos al nacimiento de la psicosis de Norman: Una madre atractiva, protectora y extremadamente posesiva (Norma Bates), que mantiene un extraño feeling con su hijo que casi parece sugerir una suerte de complejo de Edipo. Él, un chico introvertido que sufre episodios de irrealidad, víctima de un desengaño por parte de la chica guapa del instituto. Otra chica, completando el triángulo amoroso, perteneciente -como Norman- al sector de los marginados, enamorada de este monstruo en potencia. Una serie de crímenes sexuales de fondo que forman parte de la idiosincrasia del lugar en el que Norman está desarrollando su personalidad… Todo ello basta para que se masque la tragedia. Pero si añades, además, el hecho de que la madre de Norman se convierte en asesina accidental (con un gran cuchillo de cocina, qué casualidad), que prive a su hijo de mantener relaciones amorosas con las chicas de su edad y que Norman sufra alucinaciones en las que su madre le pide que haga cosas que no tienen lógica con el razonamiento materno, pero sí con la psique perturbada del joven, tendrás el caldo de cultivo idóneo para la ironía dramática.

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Asistimos así a la conversión del joven Norman. Del chaval rarito, pero entrañable, al asesino bipolar del clásico de Hitchcock. Y se nos pone la carne de gallina cada vez que vemos que Norman alucina o cuando lo vemos cometer su primer crimen sangriento… sin ni siquiera ser consciente de ello.

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El caso de Hannibal es algo diferente (y también menos light). Si en Bates Motel Norman es la víctima de la ironía dramática, en Hannibal el doctor Lecter es el verdugo.

Hannibal trata los hechos que preceden a la novela y al film Dragon Rojo, centrándose especialmente en la relación entre dos de sus personajes: El agente especial del FBI, Will Graham (un criminólogo con una imaginación desbordante que le permite introducirse en la piel de los asesinos a los que investiga, con la posterior perturbación que eso le acarrea), y el psiquiatra, ex médico, amante de la música clásica y de las reuniones sociales con copiosas cenas, Hannibal Lecter.

Relación ésta que se produce por un doble motivo: Asesorar y proporcionar pistas que permitan descubrir al “Destripador de Chesapeake” (el propio Lecter) y la asistencia psicológica que Will demanda para mantener a salvo la integridad de su propia mente.

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De hecho, uno de los aciertos de esta serie parece ser el grado de perturbación del agente del FBI, que dista bastante de lo narrado en la novela o en la película. Will va enfermando más y más tras cada caso que consigue resolver. Se convierte así en uno de esos personajes que, para conseguir lo que desea, debe arriesgar algo de gran importancia para él: su propia salud mental. De hecho, Will Graham es la verdadera víctima de la ironía dramática: Manipulado por Lecter, en quien Graham deposita la confianza de su salud mental. Acechado por sus alucinaciones y por el fantasma de un asesino al que disparó, provocándole la muerte. Tachado de loco por la prensa sensacionalista y una cobaya perfecta para todos los psicólogos que se pasean por la serie… Enamorado de manera imposible de una psicóloga que, de hecho, ve en él más a un objeto de estudio que a una pareja.

Pero la ironía dramática sucede también a otros niveles en Hannibal: Por ejemplo, vemos cómo a lo largo de los capítulos el doctor Lecter sienta a su mesa a altos cargos de la policía, a compañeros psicólogos, al propio Will Graham… y, aunque no se explicita, todos intuímos en momentos como esos que no es precisamente pollo lo que el bueno de Hannibal está sirviendo a sus comensales.

hannibal

En Hannibal la ironía no procede de la transformación de sus protagonistas. No hay transformación irónica. Bien es cierto que el grado de locura del detective evoluciona in crescendo. Hannibal Lecter, sin embargo, es el mismo despiadado pero refinado e inteligente caníbal desde el episodio uno hasta el último. La gran ironía es, entonces: ¿A cuántos más reducirá a filetes y cuánto tiempo más soportará la psique hecha pedazos de Will Graham, hasta que se den cuenta de que Lecter es el asesino en serie que andan buscando todo el tiempo?

Tú lo sabías desde el principio, claro. Pero lo pasarás igual de mal (o de bien) hasta que llegue ese momento. Cosas de la ironía dramática.

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Método de escritura: Personajes (1)



Sigo compartiendo con vosotros los apuntes de mi método para el Taller de Ficciones.

Las diapositivas de esta semana corresponden a la primera parte de la clase dedicada a la construcción de personajes.

¿Qué narices es un personaje? ¿Por qué hacen lo que hacen? ¿Cuántos tipos de personajes puede haber en una historia? ¿Cómo podemos construir un personaje, sin caer en estereotipos, ni diseñando a un “don perfecto”? ¿Cuántos personajes son demasiados o demasiado pocos? ¿Qué caracteriza a los buenos personajes?

Respuestas hay para algunas de estas preguntas. Y todo by the patilla.

Si te parece interesante a ti… Compártelo con quien creas que también le pueda interesar.

Un buen ejercicio con respecto a esto es coger un buen libro y observar cómo nuestra mente dibuja la personalidad del personaje que se nos narra. ¿Por qué empatizamos con él? ¿Cómo es que nos parece tan humano?

Ése es el logro de un autor que ha sabido escapar de los estereotipos y ha diseñado una vida con palabras. Deteneos a pensar cómo lo ha hecho.

Tak!

Arthur Rimbaud a los bibliotecarios

poetasmalditos

En una edición pirata de “Los poetas malditos” de Verlaine, que mi pareja encontró en un mercadillo alternativo en la Universidad de Concepción, me topé con este texto del poeta maldito francés, que desconocía, y que por alusiones y como curiosidad, quiero reproducir aquí.

Según cuenta Verlaine, Rimbaud, durante su época de estudiante era bastante aficionado a fumarse las clases y a salir a patearse montañas y bosques o a rondar cierta biblioteca en la que se dedicaba a erosionar la paciencia del bibliotecario de turno, pidiéndole raras obras orientales o libros científicos extraños. El bibliotecario, al parecer, solía aconsejarle a Rimbaud que se atuviera a los clásicos y dejara ya de joder con tanto título raro. El poeta, en venganza, le compuso este poema:


Los sentados

Costrosos, negros, flacos, con los ojos cercados
de verde, dedos romos crispados sobre el fémur,
con la mollera llena de rencores difusos
como las floraciones leprosas de los muros;

han injertado gracias a un amor epiléptico
su osamenta esperpéntica al esqueleto negro
de sus sillas; ¡sus pies siguen entrelazados
mañana, tarde y noche, a las patas raquíticas!

Estos viejos perduran trenzados a sus sillas,
al sentir cómo el sol percaliza su piel
o al ver en la ventana cómo se aja la nieve,
temblando como tiemblan doloridos los sapos.

Los Asientos les brindan favores, pues, prensada,
la paja oscura cede a sus flacos riñones
y el alma de los soles pasados arde, presa
de las trenzas de espigas donde el grano cuajaba

Los Sentados, cual músicos, con la boca en sus muslos,
golpean con sus dedos el asiento, rumores
de tambor, del que sacan barcarolas tan tristes
que sus cabezas rolan en vaivenes de amor.

––¡Ah, que no se levanten! Llegaría el naufragio…
Pero se alzan, gruñendo, como gatos heridos,
desplegando despacio, rabiosos, sus omóplatos:
y el pantalón se abomba, vacío, entorno al lomo.

Oyes cómo golpean con sus cabezas calvas
las paredes oscuras, al andar retorcidos,
¡y los botones son, en su traje, pupilas
de fuego que nos hieren, al fondo del pasillo!

Mas tienen una mano invisible que mata:
al volver, su mirada filtra el veneno negro
que llena el ojo agónico del perro apaleado,
y sudas, prisionero de un embudo feroz.

Se sientan, con los puños ahogados en la mugre
de sus mangas, y piensan en quien les hizo andar;
y del alba a la noche, sus amígdalas tiemblan
bajo el mentón, racimos a punto de estallar.

Y cuando el sueño austero abate sus viseras,
sueñan, sobre sus brazos, con sillas fecundadas:
auténticos amores, mínimos, como asientos
bordeando el orgullo de mesas de despacho.

Flores de tinta escupen pólenes como tildes,
acunándolos sobre cálices en cuclillas,
como a ras de unos gladios un vuelo de libélulas
––y su miembro se excita al rozar las espigas.

Hicks


Un pequeño homenaje a aquel enorme monologuista que fue Bill Hicks. Porque sí. Porque me apetece algo de esa ironía sangrante suya. Porque tenía que doler estar tan lúcido. Por escribir cosas como ésta, antes de palmarla:

“El mundo es como un paseo por un parque de atracciones. Y cuando decides subir, piensas que es real, porque así de poderosas son nuestras mentes. Y el paseo va arriba y abajo. Da vueltas y más vueltas. Hay emoción y escalofríos y colores brillantes y todo es muy ruidoso y divertido, por un tiempo.

Algunos llevan en este paseo desde hace mucho y comienzan a preguntarse: ¿Esto es real o es sólo un paseo?

Y otros caen en la cuenta y regresan para decirte: Hey, no te preocupes. No tengas miedo, porque es sólo un paseo. Y nosotros… matamos a esa gente.
¡Hemos invertido mucho en este paseo! ¡Mira mis arrugas de preocupación! ¡Callen a ése! ¡Mirad mi gran cuenta bancaria y la de mi familia! ¡Esto tiene que ser real!

Es sólo un paseo… Pero siempre liquidamos a esos buenos tipos que tratan de decírnoslo. Y, ¿se dieron cuenta? Siempre dejamos que esos demonios sigan libres.

Pero, no importa, porque es sólo un paseo.
Y podemos cambiarlo cuando queramos.

Es sólo una elección. Sin esfuerzos. Sin trabajos. Sin empleos. Sin tener que ahorrar dinero. Una elección. Ahora. Entre el amor y el miedo. Los ojos del miedo quieren que pongas cerraduras más grandes en tus puertas. Que compres armas y te encierres. Los ojos del amor, sin embargo, nos ven a todos como a uno solo. Esto es lo que podemos hacer para cambiar el mundo, para tener un paseo mejor: Tomar todo el dinero que gastamos en armas y defensa cada año y usarlo para alimentar, vestir y educar a los pobres de este mundo. Lo que nos sería recompensado con creces. ¡Ni un solo ser humano excluido!

Así podríamos explorar el espacio, juntos.
Por dentro y por fuera.
Por siempre.
En paz.”

Bill Hicks (1961-1994)

Para Bob


Bob Marley (06/02/1945-11/05/1981)

Realmente fuiste un blanco entre negros, o un negro entre blancos, según se mire. ¿Y qué más dará el color?, pensabas, mientras erguías tu vida y movías los pies al ritmo del ska y el rocksteady, levantando polvo y pasiones.

Dejabas que la ganja entrase a sosegar tu espíritu. Para más tarde, con los Wailers, convertirte en la garganta que grita, que clama en ese desierto que es la brecha entre dos mundos: el de los coches caros y el de los niños descalzos, que patean balones desinflados en los guetos de Jamaica.

Tú, el rastaman, el tipo que disparó al sheriff varios cartuchos de protestas sobre un ritmo pegajoso y vital. Tú, el que aconsejaba a quien no quisiese llorar que no andase arañando sus entrañas con el olor a lenceria fina…
Antes de que tu alma fuera drenada por Jah, tú ya habías reído demasiado, cantado demasiado. Como aquella ocasión en que el plomo atravesó tu piel y tú volviste sonriente, como si nada hubiera pasado, empeñado en brillar en medio de la oscuridad.

Leer poesía según Cohen

La gran impostura. La de verter sentimientos en tinta y terminar por “airarlos” en público al son de una sobreactuación. Sólo podemos rememorar y hacer partícipes a los demás de lo escrito con las entrañas bajo una luz tenue, sobre una voz tenue, con un sentir tenue… de eso es de lo que habla el cantautor Leonard Cohen en su libro Un acorde secreto y yo… sólo puedo estar de acuerdo a medias con las palabras de Cohen:

Por ejemplo, la palabra mariposa. Para usar esta palabra no hace falta aligerar la voz, ni dotarla de pequeñas alas empolvadas, ni inventar un día soleado o un campo de narcisos, ni estar enamorado, ni estar enamorado de las mariposas. La palabra mariposa no es una mariposa de verdad. Está la palabra y está la mariposa. La gente tendrá todo el derecho a reírse de ti si confundes estos dos conceptos. No le des tanta importancia a la palabra.

No representes las palabras. No intentes nunca despegar del suelo cuando hables de volar, ni gires la cabeza y cierres los ojos cuando hables de la muerte.

No me mires con ojos ardientes cuando hables del amor. Si quieres impresionarme al hablar del amor, métete la mano en el bolsillo o debajo del vestido y acaríciate. Si tu ambición y tu hambre de aplausos te han llevado a hablar del amor, debes aprender a hacerlo sin desacreditarte a ti mismo ni lo que dices…

Di las palabras, transmite los datos y hazte a un lado. Todos sabemos que sufres. No puedes contarle al público todo lo que sabes del amor en cada verso que digas. Hazte a un lado: la gente sabrá lo que tú sabes porque ya lo sabía. No tienes nada que enseñarles. No eres más hermoso que ellos. Ni más sabio. No les grites. No fuerces una entrada en seco. Eso es sexo mal practicado. Si muestras el contorno de tus genitales, entrega lo que prometes. Y recuerda que, en el fondo, la gente no quiere acróbatas en la cama…

Se trata de un paisaje interior. Está dentro y es privado.

Respeta la intimidad de tus textos, pues fueron escritos en silencio. La valentía de la intepretación es decirlos. La disciplina de la interpretación es no violarlos.

Deja que el público sienta tu amor por la intimidad, aunque ésta no exista. El poema no es un eslogan. No puede promocionarte. No puede fomentar tu reputación de sensible. No eres un semental. No eres un ladrón de corazones. Tanto gánster del amor y tanta tontería. Eres un estudiante de disciplina. No representes las palabras. Las palabras mueren cuando las representas, se marchitan, y no nos queda más que tu ambición… Si declamas el poema y lo hinchas con nobles intenciones, no eres mejor que esos políticos que tanto desprecias. No haces más que agitar una bandera y llamar patéticamente a la patriotería emocional…

No busques dejar al público boquiabierto. Si el público se queda boquiabierto, no será debido a tu apreciación de los hechos sino a la suya. Tu mérito no estará en las inflexiones de tu voz ni en los ademanes enérgicos de tus manos. Estará en los datos y en la tranquila organización de tu presencia en el escenario. Evita las florituras. No temas ser débil. No te avergüences de estar cansado. Parece como si pudieras seguir y seguir sin parar.”

Para Janis

Janis Joplin (19/01/1943- 04/10/1970)

Y es que el sentido del canto del juglar puede mutar dependiendo de la garganta de quien canta. Convertir así lo bello en triste, lo frívolo en desgarrador, la vida en muerte y viceversa.

Dar vueltas a la existencia, preguntando a todos de qué va esto. No entender, esnifar. No entender, trasegar. No entender, punzar en carne.
Hacer el amor con miles de personas, volver a casa sola.

Porque hay un sentido para todo, ¿no es cierto?

Y aunque hoy la niebla impida ver el horizonte, mañana podrá disiparse.

Mañana podrá ser diferente.

De haber un mañana, claro.