Exposición “Los pasos perdidos” y unos microrrelatos míos en Fotogenio

Los pasos perdidos (exposición)

Tuve la suerte de conocer y trabajar junto a José Antonio Martínez Morales cuando ambos formábamos parte de la plantilla de la versión impresa de la revista sociocultural “Entrelíneas“. Por aquel entonces, él se encargaba de la parte fotográfica y yo, entre otras cosas, de la redacción de textos. Digo “tuve la suerte” porque al poco de conocernos ya me pareció un gran fotógrafo y, sobre todo, una gran persona.

Hace unos meses me contactó para solicitarme que participara de un proyecto personal suyo: Una exposición de fotografías, basadas en el concepto de “arte encontrado“, una idea que bebe del dadaísmo y el surrealismo. La intención de este fotógrafo era conformar una serie de veinte fotografías de calzados encontrados por el autor a las que habría que sumar una veintena de microrrelatos o pequeños textos a modo de pie de foto que sirvieran para amplificar la posible historia, el pasado posible, de unos objetos tan anodinos como son unos zapatos desechados.

Me comentaba Antonio que el nombre la exposición era un homenaje a la obra de Alejo Carpentier, “Los pasos perdidos“. Antonio quería que fueran cinco los autores que firmaran sus pies de foto y, sinceramente, me encantó la idea, de modo que me puse manos a la obra y en un par de días redacté los cuatro microrrelatos que conforman mi colaboración.

Exposición Los pasos perdidosSiguiendo con el juego literario que proponía el título de la exposición, decidí bautizar a estos cuatro micro textos con el nombre de cuatro obras literarias de sobra conocidas: “En el camino“, “Dios es redondo“, “Historias del Kronen” y “Robinson Crusoe“.

Si os apetece, podéis leer estos microrrelatos en los enlaces que os pongo a continuación:

Pero hay más: La exposición de José Antonio puede ser visitada, junto a mis textos y a los del resto de autores en la edición de Fotogenio de este año, que se celebra en Mazarrón (Murcia) desde hoy, 7 de julio, hasta el próximo domingo, 10 de julio. Además, la intención del autor es la de reunir tanto las fotos como los textos en un libro de fotografía comentada. Estaremos atentos a eso. Mientras tanto, os invito a pasaros y a disfrutar en vivo de las artes de este gran fotógrafo y colega, que es Antonio.

Anuncios

Homenaje a Martínez-Mena y mesa redonda sobre microrrelato

10321798_10206485449710100_1496594274553573006_o

Como anuncié en mi blog hace unos días, este sábado pasado se celebró un homenaje al escritor de relato corto (o de “cuentos”, como él prefería llamarlos) Alfonso Martínez-Mena, homenaje que llevamos a cabo Helena Tudela (organizadora de los ciclos de recitales poéticos que vienen celebrándose mes a mes en la cafetería Los Olmos y de los ciclos poéticos “Un poeta por estación”,  que se llevan a cabo en el Museo Arqueológico Los Baños de Alhama de Murcia) y un servidor.

Tras el homenaje tuvo lugar una mesa redonda y un recital de microrrelatos, coordinado por el profesor, escritor y crítico literario Pedro Pujante, en el que nos dimos cita algunos viejos conocidos y otros nuevos, a saber: José Óscar López, Basilio Pujante, Mariano Sanz Navarro y, de nuevo, yo mismo.

Las fotos son de Patricia Cayuela. Con su permiso, las subo al blog.

10847590_10206485454030208_7590618469192193201_o

11054514_10206485458950331_1152094200091134021_o

11083802_10206485450830128_222980971785654312_o

11035746_10206485460630373_4686889617299215229_o11118010_10206485462710425_2171152780548851186_o11159918_10206485459870354_861396364216047577_o11165112_10206485460830378_7801624626929489964_oDecir que ésta fue una excusa perfecta para la cervecita que nos tomamos los charlantes y coordinadores del evento tras el recital. Gracias, señores, por ese buen rato, por esas lecturas recomendadas y, en especial, gracias a José Óscar por el retrato, a modo de dedicatoria, que me dibujó en la pre portadilla de su libro “Llegada a las islas”:

WIN_20150420_175100

Escriaturas: el blog

bannerescriaturas

Subo un poco la persiana para advertiros que estoy escribiendo cosicas en este nuevo blog. Los que me siguen desde hace tiempo, saben que suelo necesitar un cambio de aires, de vez en cuando.

Así que me mudo a este blog en el que iré escribiendo historias sobre la vida cotidiana (o no). Lo que sea. Pero todo en formato relato. Llevaba tiempo sin darle a las teclas y necesitaba esto para volver a sentirme en forma.

Como sea, iré informando de cualquier novedad sobre el mundillo literario en este, mi blog nodriza.

Os animo a pasar y poneros cómodos.

‹Metro›



La chica que hay sentada en el suelo se llama Iratxe y ahora mismo no tiene demasiadas ganas de hablar. Un grupo de espontáneos cantaores se dedica a reclamar su atención, a gritos, llamándola por su nombre, entre rumba y soleá. Todos visten anchas camisas de colores claros y zapatos negros a modo de uniforme. Uno de ellos lleva puesto un sombrero de feria. Otro, gafas de sol de pasta blanca y un cigarrillo detrás de la oreja. Del pecho lampiño al descubierto del tercero cuelga un crucifijo que baila sobre una gruesa cadena de oro, al ritmo de las puñaladas que éste está asestando a una guitarra española.

Son las siete y doce de la mañana y ellos van completamente pedo. Se tambalean. Gorjean en un dialecto propio de las madrugadas, que en realidad es una mezcla de castellano y euskera, al que el etanol priva de una adecuada vocalización.

Las paradas del ferrocarril a estas horas parecen más bruscas y secas que las de a plena luz del día. Provocan que estos pierdan el equilibrio y rueden entre risas por el pasillo.

Iratxe, sin embargo, sólo acusa un moderado balanceo y un derramar de cabellos hacia su izquierda, cada vez que el frenético gusano metálico se detiene y suena el pip-pip-pip que marca el inicio y fin de su micro-letargo de escasos siete segundos.

Pese a las animadas apelaciones de sus compañeros, Iratxe no escucha. Mejor dicho, no atiende. A ella también se le ha subido el alcohol a la cabeza. La misma cabeza que mantiene apoyada sobre sus antebrazos (y estos apoyados sobre sus rodillas, casi en posición fetal). La misma cabeza que, en este momento, parece una txosna giratoria, de la que ella desearía poder apearse. Demasiado kalimotxo y demasiados gin-tonics. Demasiadas penas que usar como bayetas. Su colega, el violentador de guitarras, le ofreció «una punta de speed», al acabar la noche, para no tener que arrastrarla entre los tres hasta el metro y que pudiera andar por ella misma. No aceptó. Yo nunca tomo -dijo. Soy feliz con mi bebida -añadió.

Una pareja sube en la siguiente estación, pero Iratxe ni se entera. Sus amigos sí, y suben el volúmen de su repertorio de borrachos, intentando llamar la atención. La pareja va a su rollo y pasan de todo. También vienen de fiesta, aunque de una mucho más light, en apariencia. No parece que les cueste vocalizar. Ella es una muñeca rubita e impasible de unos veinte años. Él tendrá más o menos su edad, piel oscura tejida en Sudamérica, y no deja de hablar. Ella lo mira como si no se creyera una palabra de lo que él le cuenta, pero con el brillo en los ojos de quien tiene ganas de que le amen y le hagan sudar por un rato. Él se va ganando su confianza, hablándole en un tono firme pero dulce, intentando provocarle una sonrisa, con la comparsa del metro sonando aún de fondo. Ella cede y él aprovecha el espacio abierto en los labios de la chica. La besa. Se miran como si no se conocieran. Se vuelven a besar. Iratxe permanece al margen de todo. No deja de repetir para sí misma que no va a volver a beber.

Ahora las neuronas ebrias de su sesera se preguntan qué le llevó a salir de fiesta con estos tipos. Siquiera, qué le une a ellos. La amistad social es relativa. Depende en gran medida de la fase alcohólica en la que te encuentres. Si a las tres «tú eras mi mejor amigo», puede que a las seis no quiera verte «del bajón que arrastro». Pero Iratxe conoce las razones, aunque no las acepte. Son los amigos de su ex. El mismo ex que ahora anda con la golfa de los implantes de silicona. Ese ex que ni el alcohol, ni las noches de farra y flirteo con sus amigos le han hecho olvidar.

Suerte que no pueda ni levantar la cabeza para ver a la parejita feliz que se ha sentado frente a ella. Su culo, en el suelo. El contenido de su bolso, esparcido por todo el vagón. Su falda, arremangada hasta donde nace el glúteo. Su chaqueta vaquera, con pequeños lamparones blanquecinos de hiel. Sus ojos, los que nadie puede ver en este momento, enrojecidos por el rimmel corrido y por las lágrimas.

El gusano metálico vuelve a detenerse en su excavar de túneles y sube un matrimonio de ancianos que se le queda mirando. Los componentes de la tuna del metro vuelven a llamarla con entusiamo: ¡Iratxe, Iratxe! En realidad, no la llaman. Sólo pronuncian su nombre y ríen, como si el simple acto de llamar a alguien tuviera alguna gracia. Los ancianos se compadecen de ella y dicen algo del estilo de «qué lástima».

Del teléfono móvil de Iratxe comienza a emanar una melodía pop. El teléfono ha ido a parar bajo un asiento, al fondo del vagón. Es él quien llama. Su ex. Pero el móvil se encuentra ya demasiado lejos.

E Iratxe ha caído demasiado bajo. Demasiado.

Karma


El tipo de aire soñoliento, que espera al autobús, se entretiene con el correteo de una hormiga, baldosa arriba, baldosa abajo.

Bosteza, mientras piensa en lo frágil de la vida y en la triste rutina del insecto que, afanosamente, arrastra un trocito de hojaldre. Un duro trabajo el suyo, para sobrevivir.

Con gesto vago, deja caer su dedo índice sobre el insecto. Se demostrará, a sí mismo, su superioridad impartiendo justicia divina. Ha decidido acabar con la vida de esclava de esa hormiga.

Pero, en el último momento, se detiene.
Teme al karma.

Negroscuro



El tiempo se ha detenido en este segundo. Lo sé porque las aspas del ventilador y el sonido que las acompaña en la melodía más tediosa del mundo han quedado en pausa. La realidad se ha suspendido. Ha muerto el presente y éste es otro tiempo que ni es pasado, ni futuro. Simplemente ES. Tal vez esto sea algo parecido a lo que llaman eternidad.

Beethoven sonaba hace poco por la radio, pero tampoco sé adónde ha ido a parar. Tan sólo queda una nota discordante que resuena en un interminable eco de sí misma y que se alarga, infinita. Podía haber elegido cualquier otra tonalidad, ya que esta nota grave y agonizante resulta demasiado estremecedora para mis oídos. Tiene un regusto a sal y a muerte y resulta fría y dolorosa como un navajazo en el vientre.

¡Ay! Si no hubiera abierto el periódico por esa página, si hubiera elegido ser cualquier otra cosa, si mi vida hubiera sido la de cualquier otro, no me encontraría aquí, intentando leer entre líneas los tímidos mensajes de la luz que se atreve a entrar por los resquicios de la persiana de mi cuarto. Absurda realidad. No sé qué es un cuarto, más allá del espacio vacío entre cuatro muros, un suelo y un tejado… Y ni siquiera sé por qué he de pensar que me pertenece. ¿Lo seguirá siendo dentro de mil años, cuando las aspas vuelvan a girar?

En mi mano derecha hay una pistola.

No sé qué hace ahí, yo no tengo licencias, ni conozco la dirección de ninguna armería. Pero ahí está, orgullosa, fría, temible como la verdad más absoluta. Un humo blanco, áspero, dulce, me envuelve y me inclino a pensar que la he debido usar recientemente. Que la he usado para acabar con la razón. Con MI razón.

Sonrío satisfecho. La razón ha muerto. Ha sido el crimen pasional que rompe el triángulo amoroso entre la mente, el espíritu y yo. He quedado a solas con la pasión que segrega mi corazón. Y la pasión me empapa ahora con su líquido rojo y denso.  La pasión está por todas partes.

De repente, me percato de que nada existe. Ni siquiera yo.

Todo se confunde en un profundo negroscuro.

Rutinas (2º Premio en el I Certámen de Microrrelato Shantí Vasundhara)

Una de mis rutinas preferidas es tomarme mi café en el bar más cercano a mi trabajo. De modo que cuando leí la propuesta del Colectivo Iletrados de Murcia y de la cafetería Shantí Vasundhara de un concurso de creación de microrrelatos, cuyo tema era barras de bar, no lo pensé demasiado.

Y de ese modo, gracias a un relato llamado Rutinas, me alcé con el segundo premio durante la velada de anoche.

¿Qué decir de todo aquello? Una noche genial. Me acompañaba mi padre que parecía más nervioso que yo, y quien con cierta melancolía en sus palabras, me hablaba de los bares de Murcia de los años 70 y 80.  Menos mal que al entrar a Shantí sonaba Pink Floyd. Al fin y al cabo, la Murcia de hoy no dista tanto de aquella.

De todos los participantes en el certámen se extrajeron a once finalistas y a dos ganadores: Marta Molina Marín (1er premio) y yo mismo (2º premio). Tanto los relatos de los finalistas, como los de los dos ganadores estarán expuestos durante toda la semana en la cafetería Shantí Vasundhara (Plaza de la Candelaria, junto a la plaza de toros) para que todo el que pase por allí pueda leerlos.

Muy buen ambiente, buena música, risas y nervios. Sinceramente, no esperaba a tanta gente pululando por allí, pero se ve que estos chicos de Colectivo Iletrados consiguen mover a una cantidad importante de público joven e interesado por la literatura. A los dos integrantes del Colectivo a los que tuve el placer de conocer: Basilio Pujante y Alberto Caride, logré arrancarles el compromiso de una futura colaboración con su publicación Manifiesto Azul. También compartí escenario y nervios con Marta, la autora de El rompeolas de madera.

Desde este blog quiero felicitar y agradecer tanto a la cafetería como al Colectivo por llevar a cabo iniciativas como ésta. Y… joder, ¿por qué no? Por haber considerado que mi obra estaba para premio.

Para más info