Cuando la realidad te hace un spoiler

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El arte imita a la vida y, a veces, la vida parece imitar al arte. Anoche debía estrenarse en USA el último capítulo de esa serie cuya soberbia primera temporada se ha ganado todo mi interés: Mr. Robot.

Como digo, debía estrenarse anoche. Pensaba verlo esta noche, al llegar del trabajo, pero me he topado con que no. Hoy no va a ser. No he tenido que buscar mucho para enterarme de la noticia: El estreno se atrasaba una semana debido a los paralelismos entre lo que sucede en el último episodio y unos hechos reales acontecidos ayer en el estado de Virginia. No quiero enlazar noticias trágicas desde este blog, es una nueva política interna, pero con poco que googlees encontrarás una noticia referente a un tiroteo en el que resultaron muertos una periodista y su cámara, cuyo objetivo siguió grabando aún cuando éste cayó al suelo.

No pretendo frivolizar con este tema. Desde luego, es un asesinato y es una tragedia. Pero esto me dice algo más: Más allá de lo fantástico que hay en el guión de Mr. Robot (lo referido a la parte esquizofrénica del protagonista, mayormente) hay una gran carga de veracidad en ese historia. Y está en la línea de avivar la llama de ese Fobos tecnológico que tanto ha explotado Black Mirror. Hace que uno se plantee ante la ficción: ¿Vivimos realmente en un mundo éste?

Jung, en este caso, hablaría de sincronicidades, pero irónicamente también es un spoiler como la copa de un pino.

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Black Books o el extenuante oficio de librero

Bernard Black y su declaración de intenciones

Las librerías. Esos lugares que huelen a papel. Esas bibliotecas por las que hay que pasar por caja. Un oficio encomiable el de librero, qué duda cabe. Hace tiempo tuve la oportunidad de trabajar para uno. Y, aunque no todo es tan romántico desde dentro, sí que es toda una experiencia la de trabajar en una librería.

Últimamente no dejo de leer en redes sociales artículos del tipo: “Cada día cierran tres librerías en España”, que irremediablemente recuerdan a aquellos spots de Oxfam o Médicos sin fronteras que te pueden hacer sangrar de indignación cuando reparas que “Cada X minutos muere una persona en el mundo debido al motivo Y”.  Ni las personas deberían morir por causas estúpidas, fácilmente remediables, ni las librerías deberían cerrar por falta de uso. Al menos es lo que pensarías si eres mínimamente sensato y meditas un poco. Pero la vida es esto y no tiene un botón de “reboot”. Así que toca luchar por lo que consideras que es justo. Nadie lo va a hacer por ti.

Casualmente, una noche di en Youtube con “Black Books”, una sitcom anglosajona que aborda la vida de un librero apático y antipático al que, más que levantar su negocio, le preocupa leer, fumar y beber. La vida bohemia, la vida mejor, digamos.

El diálogo con el que se inicia la serie fue lo que provocó mi interés. Os lo dejo, a continuación, a modo de pequeño tributo al duro oficio de librero. Porque hemos de seguir luchando (y comprando libros, -ejem, buenos libros-) si queremos que ciertas cosas de este mundo no nos abandonen para siempre.

-Esos libros ¿cuánto valen?

-Mmm.

-Los del forro de cuero.

-La obra completa de Charles Dickens…

-¿Es cuero auténtico?

-Es Dickens auténtico.

-Tengo que saberlo porque tienen que combinar con el sofá. Todo lo demás en casa es cuero de verdad. Te doy 200.

-¿200 qué?

-Libras

-¿Son libras forradas en cuero?

-No.

-Entonces no van a combinar con mi billetera. ¡Siguiente!

Sin que se dieran cuenta

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Creo que la gente que no lee demasiado o que directamente no lo hace, no entiende del todo esa expresión que habla sobre que la lectura puede convertirte en mejor persona.

No quiere decir que leer mucho te convierta en una especie de ser superior, ni que se alcance ningún tipo de Iluminación leyendo novelas o poesía. Si la literatura tiene un poder y éste consiste en mejorarte de algún modo, lo hace a partir de la visión poliédrica que te ofrece de la vida, de las cosas.

No existe otro arte que te introduzca en la piel de un asesino, de un loco, de un ama de casa, de un soldado, de un astronauta abandonado a la altura de Júpiter con tanta profundidad.

En otras palabras, leer te hace ver cómo pueden llegar a suceder las cosas. Esto, que dicho así suena bastante a charla de futurología, es un algo que yo, como individuo, valoro bastante. Creo que unos cuantos saben de lo que hablo.

Pongo un ejemplo: Hace unos años, un colega me prestó un cómic. El cómic resultó ser la única novela gráfica que hasta la fecha ha ganado un Pulitzer. Maus. Tengo que reconocer que, aunque el ganador del Pulitzer es algo que habitualmente me la trae al pairo, aquello me provocó cierta intriga. ¿Cómo es un cómic que gana un Pulitzer?

Por si no conocéis la obra, va de un escritor (de hecho, es el propio autor de Maus, encarnado en ratón) que se dedica a escuchar y a transcribir la historia de su padre, un judío superviviente de los campos de concentración nazis. Todo ilustrado entre gatos, ratones y perros, según la nacionalidad de cada personaje. Dejando a un lado el hecho de que los dibujos son una gozada, Maus me enseñó una pequeña, pero importante lección de Historia.

Yo, alguna vez, me había preguntado: ¿Cómo es posible que los judíos y otras víctimas del Holocausto permitieran todo aquello? ¿Por qué no hicieron algo antes? ¿Por qué no se resistieron? ¿Por qué los vemos bajar de aquéllos mercancías en los documentales, como fantasmas, carentes de voluntad? ¿Cómo se llegó a ese punto?

Maus me lo susurró: Sin que se dieran cuenta. Fue revelador. En una serie de viñetas, se veía cómo poco a poco la guardia nazi, las SS, iban increpando cada vez más a la población judía. Empezaban con insultos, con xenofobia, con vandalismo y terminaban la faena con la ley en la mano. Sin que se dieran cuenta. Fue terrible descubrir aquello, pero también es terrible no descubrirlo nunca y estar condenado a repetirlo.

El caso es que estos días, con el asunto de Charlie Hebdo, de repente saltan a la palestra algunos personajes como Marine Le Pen pidiendo la vuelta de la pena de muerte, un grupo de impresentables en Alemania fomentando el odio hacia el musulmán por el hecho de ser moreno, y Rajoy saliendo a defender la libertad de expresión, cuando está intentando, por todos los medios, ponerle vallas a un campo sin tierra. Joder. Y a mí me acojona, porque sé que detrás de estos, hay gente que se viene arriba y les da la razón y, peor aún, va y les vota. Y cuando pienso en eso, me salta la alarma: Sin que se dieran cuenta. Sin que se dieran cuenta

Dicen que, como individuos, somos más inteligentes que como masa. Tal vez sea cierto.

Y tal vez, la solución sea más sencilla.

Tal vez sólo haya que leer más.

Escriaturas: el blog

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Subo un poco la persiana para advertiros que estoy escribiendo cosicas en este nuevo blog. Los que me siguen desde hace tiempo, saben que suelo necesitar un cambio de aires, de vez en cuando.

Así que me mudo a este blog en el que iré escribiendo historias sobre la vida cotidiana (o no). Lo que sea. Pero todo en formato relato. Llevaba tiempo sin darle a las teclas y necesitaba esto para volver a sentirme en forma.

Como sea, iré informando de cualquier novedad sobre el mundillo literario en este, mi blog nodriza.

Os animo a pasar y poneros cómodos.

Confieso que he escrito: 4 años, 200 posts

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…seamos todos, cumpleaños feliz!

Os introduzco así en esta entrada número 200 del blog: Como si, de pronto, abriérais la puerta de una habitación y os encontrárais con que se está celebrando un cumpleaños. Supongo que, de alguna manera, eso es lo que es esto: Un cumpleaños íntimo, celebrado a puerta cerrada, en este humilde blog.

4 años.

Han pasado tantas cosas en este tiempo, que si tuviese que hacer inventario, me aburriría y preferiría contar lo que no ha cambiado. Nunca lo había pensado, pero un blog siempre tiene a alguien detrás y, lo más probable, es que ese alguien cambie con el tiempo. Él o ella y sus circunstancias.

Echo la vista atrás y veo cantidad de cosas que se quedaron allí, en el pasado. Sin embargo, otras siguen vigentes. Hablo de valores, hábitos, trabajos, personas… Si saco alguna conclusión de esto es la de que todo lo que no se ha quedado por el camino, esas poquitas cosas que no han cambiado en todo este tiempo, de alguna forma, me definen mejor.

Una vida se construye a partir de elecciones. No siempre las que tomamos son las más acertadas, pero siempre nos pertenecen. Por tanto, yo soy mis elecciones. Yo elegí, por ejemplo, escribir este blog y ésta es la bicentésima entrada del año cuatro.

Viéndolo con perspectiva, este blog es un caos.

He escrito poemas, he escrito relatos (bastante mejorables, la mayoría), he reseñado libros o he recomendado lecturas, he contado anécdotas de mi propia vida, he hablado de eventos literarios en los que he tomado parte o que yo mismo he promovido, he apoyado actividades literarias o culturales ajenas con las que me sentí identificado, le he dedicado unas líneas a músicos del Club de los 27 y otros difuntos, me he desahogado, he hecho el payaso, he escrito artículos de opinión, crónicas sobre el 15M o las elecciones generales de 2011, he escrito prosas poéticas, he pedido silencio, me he puesto paranoico, he hablado de técnica literaria o de colaboraciones en fanzines o de bibliofilia, he hecho auto-bombo, he escrito con humor, con drama, con soberbia, me he contradicho cantidad de veces… Hasta una vez le escribí unas líneas a un busto de Beethoven.

Por este blog ha desfilado gran parte de lo que he escrito: Tres poemarios (uno de ellos, cartonero), una plaquette, un guión para un corto (que por fin ha sido rodado), una novela pasajera e inmadura, mis artículos de opinión publicados en la revista Entrelíneas y un libro de relatos pulp.

He escrito cosas de las que seguramente siempre me sienta orgulloso y cosas que, a día de hoy, me dan vergüenza de sólo pensarlas. He aprendido que así es el camino: Sin miedo a equivocarte. Sin esperar palmaditas en la espalda. Sólo divirtiéndote. Poniéndole emoción.

He escrito en mi cuarto. A veces (en las que no quería que se enfriara la chispa de la inspiración), también desde el trabajo. He publicado entradas viviendo en cuatro ciudades distintas. He escrito rodeado de gente y completamente solo en casa, por no terminar hablando con mi propia sombra. He escrito con música. Con lluvia. Con sueño. Ilusionado, siempre, con la idea que me estaba empujando a escribir.

Lo tenéis que saber. Todos los que estáis al otro lado y escribís también. Tenéis que saber de lo que hablo. Nadie me ha dado un euro por estas palabras (miento, una vez me ofrecieron 50 por escribir un publirreportaje en este blog, a lo que me negué, por cierto) y, sin embargo, no he dejado de hacerlo.

No es que pretenda darle a esto un mérito que no tiene. He sido bastante vago. 200 entradas en cuatro años sale a… 4,16 entradas al mes. Vagancia de la mala, vaya.

Mi actividad bloguera, aunque escasa, se remonta hasta marzo de 2008 con Puro olor a incienso y, en realidad, hasta septiembre de 2007 con un blog anterior, que el dios de la worldwideweb se tragó hace tiempo, junto a mis textos.

Pero éste es mi cumpleaños y me toca soplar las velas. Pedir un deseo. Y, en este momento deseo seguir escribiendo, pero cambiando de tercio. Evolucionando un poquito.

Supongo que seguiré escribiendo aquí como hasta ahora, a trompicones, por rachas, para contar alguna novedad o anunciaros algo de lo que he escrito. Puede que un día cuelgue el cartel de cerrado. Últimamente, lo venía sopesando. Tengo en mente nuevos proyectos y siempre es bueno establecer un antes y un después, de algún modo. No sé. De momento y hasta nuevo aviso, sigo por aquí.

Generando caos.

Con los dedos bailando al son de la música que suena en mi cabeza.

Postdata: El de la foto soy yo, sentado en la barandilla de las cascadas de los Saltos de Laja, aquí en la región del Bio-Bio. Creo que resume un poco todo lo escrito. Arriesgar, sin miedo a caer. Porque la mayoría de las veces que uno cae, siempre puede levantarse.

Haz que se calle ese poeta

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El mundo está lleno de idiotas y lunáticos. Si no lo dijo alguien, lo digo yo. No sé en cuál de los dos bandos me encuentro. Puede que, en estos momentos, tenga un pie a cada lado de la frontera. Como todos.

Para la mayoría de los mortales, una prueba fehaciente de lo que digo es la cantidad de gente dispuesta a entrar en Gran Hermano, la figura del friki de Youtube y, que en un mundo tan pragmático y neoliberal como éste, aún exista algo tan inútil como los poetas.

¿Qué es un poeta? Se me ocurren decenas de definiciones válidas. Voy a lanzar una a lo Rodríguez de la Fuente’s way:

El poeta, una criatura de hábitos nocturnos y de hábitats diversos: Puedes encontrarlos en bibliotecas, en bares, en cajas de supermercados. Puedes encontrarlos en psiquiátricos, en cárceles, en cátedras universitarias. Un poeta en la cola del paro, componiendo mentalmente un poema sobre los dolores del parto o un poeta en doble fila, con las manos manchadas porque un boli se le explotó mientras observaba una nube. Su naturaleza los dota de una “sensibilidad especial” y de un cinismo agudo. Siente el poeta una especial fijación por el hecho temporal, en cualquiera de sus variantes (cualquier tiempo pasado fue mejor, carpe diem o simple fatalismo casandriano). El poeta comprende que la vida es efímera como pompas de jabón, y que nuestros actos son inútiles en un universo joven de 14.000 millones de años, que se expande a una velocidad superior a la de la luz, así que suele alternar estados de euforia desmedida, con una acusada angustia existencial. Se trata de un ser o muy social o muy poco, entregado casi siempre a algún tipo de vicio, aunque se trate de morderse las uñas. Suele escribir empleando el plural de la primera persona pero, por supuesto, cuando escribe lo hace pensando en él mismo…

En España, país de visón cultural y de lencería echa unos zorros, el poeta si está muerto, mejor. Si se funde con el entorno, es aceptable. Si da risa, es válido. Si es ligero, más tragable. Si es breve, dos veces bueno. Si canta a la vida y canta al amor, se le respeta con reticencias (como a aquel otro grande patrio: Iglesias, Julio). Si es críptico, mmmpsé… Se le aplaude a ojos guiñados, porque, ¿quién sabe qué quiso decir? Tal vez algo inteligente, ¿no?

Lo único que no. No, no y mil veces elevado a mil no, es el poeta espina. Nadie quiere pincharse. Nadie quiere sangrar. ¿De dónde salió este aguafiestas? ¡Que alguien lo haga callar, que espanta la sonrisa de carmín de maruja de club de lectura!

¿Y qué piensa de esto el mercenario? ¿No desea el escritor español de raza que los poetas bailen de una soga y dejen ya de berrear? ¿Para qué sirve un poeta? -preguntan-. Hacen ruido. Nos distraen a las marujas. Las hacen huír de nuestras casetas de firmas. La gente lee menos y todo se llena de poetas. Nadie entiende a los poetas. ¡Volveos prácticos! ¡Acabad las líneas! ¡Dejad ya de lamentaros y poneos a trabajar!

Luego, los ves rasgándose las pieles culturales, afilando sus grandes y sarcásticos cuchillos porque los escritores del otro lado del océano acaparan grandes premios de novela (Gran-des-pre-mios-No-el-Pla-ne-ta). Los latinos (¿latinos?) aún no han renegado de la poesía y ésa es su gran baza. La Poesía. No venas sin sangre.

Pero ellos seguirán. Seguirán renegando. Diciéndole a los niños que se acercan a la escritura: “Así no. Así no se juega”. Dándoselas de maestros. Quitándoles el folio de las manos, arrugándolo y diciendo: “La poesía con mayúsculas es cosa de muertos”. “No lo intentes”. “Si te equivocas, déjalo”. “No merece la pena”. “Morirás en un rugir de estómago”.

Y luego, después de la clase magistral, después de decirte que no te quieren ver por aquí, seguirán preguntándose: ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué ya nadie lee?

Regresar de la Patagonia

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Cuando era un crío no sabía bien qué era la Patagonia. Imaginaba que sería un lugar y que estaría bien lejos, ya que en los cómics de Mortadelo y Filemón siempre era el lugar al que los agentes de la TIA huían tras liarla parda o bien adonde el Súper les amenazaba con mandarles si volvían a cagarla en una misión.

Secretamente, la Patagonia era uno de esos lugares a los que de niño soñé con ir, hasta que crecí y pasó lo de siempre, que uno aparca los estúpidos anhelos infantiles por considerarlos eso: estúpidos e infantiles.

Sin embargo, esta semana pasada, aprovechando que desde Concepción no distan más que unas diez horas en bus, aprovechamos para cruzar la frontera, renovar el visado de turista por tres meses más y visitar un pueblecito patagónico de la Argentina: San Martín de los Andes.

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La experiencia ha sido intensa, pero ante todo grata: Probamos el chocolate andino y el cordero a la brasa que hacen aquí, alquilamos un coche para recorrer la ruta de los Siete Lagos que une San Martín con Bariloche y aproveché para visitar la única librería de la localidad: Patalibro; que estaba abarrotada por lo económicos que son los libros en Argentina (comparado con Chile).

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Es en esta librería donde encontré, por primera vez, un libro cartonero entre las estanterías. Éste:
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Al volver de Argentina, me encuentro con que Luís, un colega, ha subido a Facebook unas instantáneas de mi poemario cartonero “Caviar para gusanos“. No sabes la ilusión que me hace, Luís, tío. Un escritor es lo que escribe y esto, aunque parezca una gilichorrez, a 10.000 kilómetros de distancia, hace ilusión.

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Recuerdo que antes de venir para Chile soñaba frecuentemente con aviones que despegaban conmigo dentro. Ahora, suelo soñar con gente a la que echo de menos, con cervecitas en una terraza en España y cosas así.

El otro motivo de alegría llega por medio de Álvaro (Koki, para los que lo hemos compartido casa y experiencias con él). Koki era uno de los habitantes del piso en el que estuve viviendo en Granada, una de las tres personas que ha dejado una huella imborrable tras mi paso por la ciudad de la Alhambra, alguien con una mentalidad de vida con la que me sentí bastante identificado.

A raíz de nuestra convivencia y de sus conocimientos de realización salió una propuesta de unir fuerzas y rodar el guión de un corto que escribí hace siglos y del que, quienes me conocen bien, han oído hablar aunque sólo sea una vez: “La bañera“.

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Pese a que el año pasado dicho proyecto quedó en agua de borrajas, hará un mes, Koki retomó la idea. Revisé y corregí el guión para él y, según tengo entendido, ya ha sido rodado. Espero que todo vaya sobre ruedas y poder ver esa historia en una pantalla.

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Esta imagen significa para mí mucho más de lo que puedas imaginarte.