Reseña de “Recetas para astronautas” de Basilio Pujante

Recetas para astronautas - relatosMe hice con este librito de apenas cien páginas en la primera presentación que su autor, mi  camarada en lo literario Basilio Pujante, celebró en el Museo de Bellas Artes de Murcia, acompañado del escritor y catedrático Vicente Cervera, y el también escritor y profesor José Óscar López.

Basilio Pujante es, para aquellos que aún no lo conozcan (su nombre ha aparecido alguna que otra vez en este blog), uno de los impulsores y coordinadores del fanzine literario Manifiesto Azul, que publica y edita Colectivo Iletrados. Lo cierto es que conozco a Basi desde hace ya unos años, sé de su interés por el microrrelato (lo estudia y lo cultiva) y, desde hacía tiempo, esperaba una recopilación de sus escritos, algo que me aportara una visión de conjunto sobre su obra (sólo había tenido ocasión de leer o escuchar algunos de sus microrrelatos sueltos).

La primera sorpresa me la llevé en la presentación: Éste no era un libro de microrrelatos. Lo aclaraba el propio autor: “Sé que puede sonar extraño, pero no me gustan los libros de microrrelatos”, dijo este profesor que ha dedicado una tesis y varios artículos al tema. Pues sí, resultaba una sorpresa viniendo de Basilio. Pero una sorpresa grata al fin y al cabo. Coincido con él. Todo un libro dedicado a la forma del relato más breve puede llegar a abrumar o aburrir. No es el caso. Éste es un libro de relatos que se van “estirando” con el paso de las páginas. Con un primer texto de menos de una línea de extensión (Historia universal en un telegrama) y un último relato que coquetea ya con la novela breve (El tema del doble).

He podido leer otras reseñas sobre este libro, como la de Héctor Tarancón en la versión impresa de La Opinión de Murcia o la de Vicente Cervera en La Galla Ciencia. Pero a mí me apetecía acercarme a él desde otro punto de vista.

Yo, en Recetas para astronautas, distingo dos clases de relatos: Los microrrelatos puros (aquellos que hacen uso de los mecanismos clásicos del microrrelato o que son como pequeños artefactos literarios, juegos de palabras y de estilo) y los relatos propiamente dichos (sea cual sea su extensión).

Al primer grupo pertenecen los textos: Historia universal en un telegrama, El hombre de arena, De preocupaciones, Verdadero amor, Aislado, Cuestión de confianza, Señor juez, Vellas, El bebé del tercero A, Cadáveres sociales, Hormigueo, Ruinas y Siempre saludaba. Sin duda, de lo mejorcito en formato micro que Basilio tenía guardado en la nevera.

Veo una distinción clara entre estos y el resto por el propio carácter semi fantástico con el que el autor los dota. Y es que ésta suele ser una de las especias esenciales de la literatura minimalista y Basilio lo sabe: Pasear sobre la frontera entre el realismo y la fantasía permite interesantes giros y resoluciones en las microficciones.

Sin embargo, en los posteriores relatos (y en uno que para mí queda intercalado: Verano del 99), el autor adopta otra posición, sin abandonar ni el humor ni la afilada ironía que esgrime en casi todos sus textos. Los cuentos restantes son de un realismo tan cotidiano que no precisan de dobleces fantásticas para dejar un agradable sabor de boca al lector tras el punto final.

En mi opinión, encuentro realmente memorables los relatos Miss Pedanía, La herida, 15 de agosto, Dios (una historia de amor) y el caústico relato Comunión. Y no uso el término “memorables” a la ligera, son memorables porque realmente son relatos sinceros, de factura impecable, que me hicieron disfrutar realmente de su lectura.

En este sentido, leer Recetas para astronautas resulta un viaje capaz de retrotraerte hasta la infancia del autor en los ochenta o su adolescencia en la década posterior. Las historias se hacen reconocibles porque, en algunos casos, son nuestras propias historias. Basilio consigue en estas páginas que todos nos identifiquemos con una generación, que es la nuestra. De eso va Recetas para astronautas, de una generación (la de los hijos de los hijos del Baby boom español), del amor y de lo que los miembros de dicha generación esperan de la vida.

Ficha de “Recetas para astronautas” en Editorial Balduque.

Reseña de “Novela B” de Mónica Bustos

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No recuerdo ni cómo llegó a mí este libro, o si leí alguna recomendación, o alguna crítica en blogs, o qué. Recuerdo que me encontré la portada un par de veces, navegando casualmente, antes de pasar por caja y descargarlo a mi lector de ebooks. Digamos que, sin saber muy bien lo que me iba a encontrar en sus páginas, había varios aspectos de esta novela que me atraían: su portada, la atmósfera de serie B de la que parecía querer hacer gala, criaturas míticas del terror por personajes, literatura bizarra…

Empecé a leerlo, por encima, alternándolo con otro libro para el que me faltaban no demasiados capítulos para terminar. A veces hago esto, cruzo lecturas. Sobre todo si estoy terminando de leer algo y veo que me quedo sin libros que echarme a los ojos.

En el caso de Novela B, tuve que suspender la lectura del libro que ya tenía en danza para entregar toda mi atención a éste. A los dos capítulos tomé esa decisión. Eso sí que no suelo hacerlo. Pero, ¿por qué lo hice esta vez? Por dos razones. La primera: porque me dí cuenta de que bajo esa máscara de bizarrada se escondía una historia rica en matices, que prometía un buen entretenimiento. Y la segunda (y más determinante) porque esta novelita no sigue una estructura lineal al uso. Por lo que ir leyéndola a cachos parecía una mala idea. No iba a enterarme un carajo de lo que pasaba, si no le prestaba toda mi atención.

¿Cuál creo que es el mayor acierto de esta joven escritora paraguaya, llamada Mónica Bustos? Haber escrito una novela coral, haciendo un uso libre y personal de la mitología moderna, donde unos personajes y otros se entrelazan, bajo diversas perspectivas y prismas; haciendo uso de un lenguaje coloquial, nada pretencioso, pero bien escogido, certero, poético. Cuando terminamos de coser las costuras a su obra en nuestra cabeza, vemos que no es más que una historia sencilla, al uso. De hecho es una novela de serie B, tal como promete el título. Es una novela honesta y atrevida, por lo que bien merece un aplauso.

He leído por la web algunas críticas de lectores a los que les desconcertaba la estructura de la novela. Si bien a mí lo del desorden de perspectivas me llamó la atención al principio, enseguida acepté el juego y traté de leerla con aún más atención, para no perder detalle. Cuando iba por la mitad de la historia, encontré este vídeo:

Y no pude más que celebrar el acierto de la autora. Resulta que ese baile de escenas y personajes tenía una verdadera razón de ser. Poco a poco, fui pasando de ver esta en esta novela un simple divertimento a una simple genialidad. Fue en el capítulo en el que uno de los personajes, Juan, Juancito, describe a la protagonista, Dila Dubi, cómo son las calles de Chernóbil, donde me convencí de la calidad narrativa de Mónica Bustos.

Si le tengo que poner algún pero sería el de tener un clímax final muy breve y algo flojo. Me explico: La argucia de la escritora juega a su favor durante el libro, pero en su contra al final. El modo en que se nos introduce en la última escena es demasiado abrupto. Llegamos algo desconcertados a un momento que debería ser cúlmen en la novela y, de pronto, el final se precipita en unas pocas páginas. No se le permite al lector digerir lo que acaba de pasar.

[Edito pasado un tiempo: Reflexionando sobre este libro dudo si hasta el final, con ese desenlace tan precipitado, no sea más que otra artimaña de la autora para dotar a la historia de concordancia con el género que pretende. En tal caso, hasta este detalle (en principio) negativo tendría su razón de ser.]

Un libro más que recomendable.

Te va a gustar: Si te gusta la literatura atrevida, experimental. Y si te gusta todo lo relacionado con la sangre y la serie B. De hecho, si alguna vez pensaste cómo sería una buena novela de serie B. Pues así. Tal como Mónica la ha escrito.

No te va a gustar: Si eres sensible a cierta literatura. Realmente, hay algunas escenas un tanto escabrosas. Y, bueno, no alberguemos esperanzas de encontrar una historia con conflictos realistas. Es serie B, ¿vale?

Ficha de Novela B en la tienda Kobo.

Ficha en Amazon

Reseña de “Maestro pocero” de Rodrigo Ratero

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Llegó a mí de la forma más underground posible. Por medio de un amigo de un amigo. Prácticamente, del autor a mi casa. Me gustan esas cosas. Y más, cuando empiezas a leer y te das cuenta de que has dado con una de esas pequeñas joyas que, bien por su temática o bien por su enfoque, jamás habrían visto la luz por una editorial de las de grandes tiradas y lectores prime time.

Hice con él lo que suelo hacer con cualquier libro de papel: tocarlo, manosearlo, observarlo como objeto, olerlo y leer la contraportada. Allí se mencionaba a Camus, a Henry Miller y a Irvine Welsh. Razones de más para empezar la lectura con una ceja levantada.

Pero, en este caso, el escepticismo dio paso enseguida a una sensación de alivio: Las tres primeras frases de la novela me hicieron darme de cuenta de que estaba ante alguien que iba a saber contarme su historia, sin grandes pretensiones y con una buena dosis de sentido del humor.

Maestro pocero es la opera prima del tipo que hay tras el alias de Rodrigo Ratero. En ella se narra la vida y obras (o mejor sería decir vida y destrozos) de Raúl Bouzas: un punki, un inadaptado en tierra de crisis, de trabajos basura y de relaciones sexuales esporádicas.

De acuerdo con que el planteamiento no es del todo novedoso. De hecho, no hay nada nuevo en la novela. Todos hemos leído/visto/escuchado similares a la que aquí se narra. Lo realmente valioso de este libro radica en la cantidad de veracidad o de verdad que hay implícita entre sus líneas.

Leyendo Maestro Pocero (y sin necesidad de llevar cresta) uno puede sentir que es tu propio pellejo el que está en peligro en cada capítulo en que Raúl, lejos de aprender de sus propias lecciones, prefiere seguir hurgando en esa fosa séptica en que parece estar convirtiéndose su vida. Es más, lo admito: Había capítulos en que llegué a detestar al protagonista, al punto de pensar para mí: ¡Pero será gilipollas!

Pero no se trataba en absoluto de un desprecio hacia un personaje horroroso por mal construido, sino esa especie de desazón que uno siente cuando sabes que has metido la pata hasta el fondo y, lejos de hacer algo por arreglarlo, te ves irremediablemente atraído a seguir persistiendo en tu propio error. Eso del Hombre, los animales y tropezar siempre con la misma piedra.

Pero es que el protagonista, Raúl, quiere tropezar. Porque sabe que este mundo no está hecho a medida de gente como él. Y, de este modo, la autodestrucción se presenta como la mejor forma de protesta posible.

Pese a todo, pese al daño autoinfligido, al caos, a las relaciones destructivas, el autor sabe compensar con grandes dosis de humor en vena. Y, si nos ponemos, hasta de ternura. Una extraña ternura compasiva hacia los personajes más crueles y, al mismo tiempo, más débiles de esta historia.

Si tengo que ponerle un pero es que pasé varios capítulos echando de menos algo de “literatura” en sus páginas. A veces, se echaba de menos que el narrador degustara o diseccionara mejor las emociones que tenía en danza. Como si algo de ese material en bruto se hubiera quedado bajo tierra. La contraparte de esto es que la lectura del libro se me hizo muy fluida. Llegando a terminarlo en unas pocas sentadas. Básicamente, es un libro que si te engancha, lo devoras.

Me quedo con una frase, que subrayé mentalmente y que creo que recoge el ideario de esta novela y el ideario, por extensión, de la mayoría de los jóvenes españoles de nuestra época:

Acostúmbrate a no acostumbrarte.

Después de leerlo, entiendo por qué la editorial o quien fuera le aplicó la etiqueta de “una especie de Trainspotting a la española”. Pero no es Trainspotting, no es Irvine Welsh. Es Maestro Pocero, una historia totalmente distinta en fondo y forma. Y creo que su autor, Rodrigo Ratero o como se llame, merece ser llamado por su propio nombre.

Te va a gustar: Si te gusta el realismo sucio. O si fuiste joven y punki en la década de los 2000-2010.

No te va a gustar: Si andas buscando un libro de vocabulario exquisito o con cierta profundidad literaria (ojo, que la hay, aunque se queda un poco cojo en esto).

Por lo demás, se trata de un libro divertido, realista y ácido con el que disfrutar y padecer mientras lo lees. O, como yo, mientras lo tomas de un trago.

Ficha del libro en Editorial Gradiente

La caja de herramientas de Stephen King

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Nos guste o no, el tipo de la imagen es uno de los escritores más vendidos del siglo pasado. Posiblemente, el más vendido en su género. En casa, siempre le hemos tenido cierto estima. Recuerdo ver en las estanterías, ya desde antes de levantar dos palmos del suelo, tochacos como Tommyknockers, Cementerio de animales, It, Christine, Cujo, El resplandor y alguno más que seguro que andaba por allí y que mi memoria olvida.

Estos libros formaron parte de mi despertar literario y aún de cuando en cuando, si tengo ocasión, echo mano de bibliotecas e intercalo la lectura de alguna novela del señor King.

Hace años, el de Maine escribió un librito acerca del acto de escribir, titulado “Mientras escribo” (On writing)  en el que, además de dedicar casi la mitad del grueso del libro a narrarnos su “Curriculum vitae” (la narración de su infancia, sus pinitos en el oficio, sus problemas con el alcohol o las drogas, o el capítulo en el que cuenta cómo Carrie, -su primer gran éxito-, estuvo a punto de terminar sus días en la papelera de la caravana en la que malvivía, junto a su mujer Tabitha), también se dedica a ofrecer consejos de escritura a quien quiera escucharle. Aunque ya en el prólogo advierte: ‭«‬no quería escribir algo,‭ ‬corto o largo,‭ ‬que me diera la sensación de ser un charlatán literario o un gilipollas trascendental.‭» No es el caso.

Lo siguiente es un extracto, comentado por mí, del apartado titulado “Caja de herramientas“:

‭Como si se tratase de una entrega de Bricomanía, ‬King compara el oficio de escritor con el de un carpintero, un manitas o un chapuzas.‭ ‬Stephen aconseja crearse una caja de herramientas y “hacer músculo” para poder llevarla hasta nuestras páginas cada vez que haga falta usarla.‭
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¿‏Qué hay dentro de esa caja de herramientas‭?

‎HERRAMIENTAS DE LA BANDEJA SUPERIOR:

En la bandeja superior,‭ ‬donde están las herramientas más habituales, más básicas,‭ ‬estaría el vocabulario.‭ ‬El escritor nos da un buen consejo:‭ ‬Aprovecha lo que tengas,‭ ‬sin ningún sentimiento de inferioridad,‭ ‬ni de culpa.‭ ‬Como él mismo señala,‭ ‬Las uvas de la ira‭ ‬es una gran novela y está narrada en un lenguaje sencillo,‭ ‬sin palabras rebuscadas.‭

En la bandeja superior también está la gramática.‭ ‬Yendo a lo simple y a lo efectivo:‭ Toda frase ha de tener dos elementos imprescindibles:‭ ‬Nombres‭ (‬sujeto‭) ‬y verbos‭ (‬predicado‭)‬.‭ ‬

Aunque recomienda indagar y aprender en el arte de la gramática y la composición de oraciones con sentido,‭ ‬también advierte que la estructura básica‭ (‬nombre-verbo‭) ‬pone una red de seguridad bajo los pies de escritores no iniciados.‭ ‬Sobre gramática lanza unas pocas, pero importantes advertencias, como son:‭

-Evita la voz pasiva.‭ ‬Por pretenciosa.‭ ‬Por dejar a los personajes sin capacidad de actuación.‭ ‬Por poner el foco en el objeto de la acción,‭ ‬en lugar de en el sujeto que es quien la lleva a cabo.‭

-Otro consejo simple,‭ ‬pero efectivo que el escritor lanza al aire:‭ ‬Una idea compleja,‭ ‬partida en dos ideas más simples,‭ siempre ‬es más fácil de entender.‭  

-Por último:‭ Evita los adverbios.‭ «‬Son como dientes de león en el cesped, -dice-.‭ ‬Si no los arrancas de raíz,‭ ‬se multiplicarán como la mala hierba‭»‬.
Y añade:‭ ‬En ningún caso los uses como acotaciones de un diálogo.
‎    ‏-Suéltala,‎ ‏-exclamó amenazadoramente.‎
(Para esto, en los talleres literarios,‎ yo aconsejaba ‏hacer uso de acciones que ilustren el modo en que se diría algo, sin llegar a explicitarlo:
‎    ‏-Suéltala,‎ ‏-dijo,‎ ‏golpeando la mesa‭ ‬o‭ ‬-Suéltala,‭ ‬dijo clavando la mirada en sus pupilas.‭)

El señor King reniega, incluso, del uso de otros verbos de acotación que expresen el modo en que algo se dice: graznar, jadear, espetar...  Sugiere que si el diálogo es lo suficientemente claro, no necesitas aclararle al lector que el personaje está graznando, aullando o espetando.

King, de hecho, se decanta por el puro y duro‭ ‬-dijo-.‭
‎En cuanto a la atribución del dijo a un personaje concreto (-dijo X, -dijo Z), es claro en ese punto: sólo cuando no se tenga claro qué personaje es el que habla.

‎Ya que el señor King no es tu viejo profesor del colegio, ni está al acecho para darte una colleja si no haces las cosas como él manda, propone que tomemos con calma todas estas directrices. No son axiomas. Incluso entona un «mea culpa». Él hizo todo esto que ahora denuncia, en sus primeras novelas. Él rey del terror también es humano.

«Sólo te pido que te esfuerces al máximo, y ten presente que escribir adverbios es humano, pero escribir «dijo» es divino».

HERRAMIENTAS DE LAS BANDEJAS INTERIORES:

Forma y estilo: Stephen King propone un curioso ejercicio a realizar con la unidad inmediatamente más compleja que la frase: el párrafo. King dice: «Coge un libro al azar y observa la forma visual: los renglones, los márgenes, los espacios en blanco… ¿Qué tipo de libro parece? ¿Uno fácil o uno complejo? Identificaremos los libros fáciles porque los párrafos son cortos y las líneas de diálogo tendrán escasas palabras (Nota mía: Un libro de los fáciles no será aquel en el que necesariamente se expongan hechos simples), por otro lado, los libros difíciles tienen un aspecto más macizo, más apretado.»

«El aspecto de los párrafos es casi igual de importante que lo que dicen. Son mapas de intenciones.»

«Dentro de la narrativa, el párrafo es ritmo. Cuanta más narrativa se lee, más se da uno cuenta de que los párrafos se forman solos.»

King nos muestra un fragmento de texto y nos propone que reparemos especialmente en un párrafo. Uno breve. Éste:

«Big Tony se sentó, encendió un cigarrillo, se pasó la mano por el pelo.»

Como él mismo reconoce, normativamente, la frase incluso requeriría de una conjunción para estar bien escrita. Pero su brevedad y su estilo telegráfico otorga un ritmo especial al texto.

La fragmentación, -como él llama a este recurso- es muy útil «para estilizar la narración, generar imágenes nítidas y crear tensión, además de infundir variedad a la prosa.»

«El objetivo de la narrativa no es la corrección gramatical, sino poner cómodo al lector, contar una historia… y, dentro de lo posible, hacerle olvidar que está leyendo una historia.»

El resto de funciones que Stephen King otorga al párrafo son:
-Dirigir el foco de la escena (hacia qué acontecimiento dirige el narrador nuestra atención)
-Subrayar o definir (poco, pero provechosamente) a los personajes.
-Establecer el marco contextual de la acción.
-Generar un momento crucial de transición. (En el caso del ejemplo que pone King, la frase-párrafo «Big Toni se sento…» da pie a un contraste entre lo que estaba diciendo justo antes (que X es un tipo legal) y lo que dirá a partir de entonces (que, pese a todo, ojalá nunca lo hubiera conocido)).

Para Stephen King la unidad mínima narrativa es el párrafo. El párrafo tiene coherencia, no tanto en el caso de la frase, nos dice. Un párrafo puede tener dieciséis páginas o una única palabra, pero definirá el ritmo, la música.

¿Cómo dan sus frutos las técnicas de carpintería básica que nos propone? Práctica. Ensayo y error. Sólo así puede alcanzarse la maestría. Y, una vez que uno se habitúa a las herramientas y sabe utilizarlas con soltura, se dará cuenta de que lo que se puede hacer con ellas va más allá de simples manualidades:

«En sus aspectos más básicos, estamos hablando de una simple técnica, pero ¿estamos o no de acuerdo en que las habilidades más básicas pueden dar frutos que superen todas las expectativas? Hemos hablado de herramientas y carpintería, de palabras de estilo… pero a medida que progresemos, convendrá tener presente que también hablamos de magia.»

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La Fanzine #10 y Catálogo de invierno


Aquí en Chile los libros son “harto caros”, como dicen por estos lares.
No en vano, tienen uno de los impuestos al libro más altos del mundo, si es que no es el más alto.

Dejando de lado lo que eso conlleva (no tengo ganas de ponerme en plan crítico político esta mañana) los hechos son que llevo tiempo sin poder llevarme un buen libro a las manos.

El sistema burocrático chileno dificulta el acceso, de igual forma, a los libros de las bibliotecas municipales. A mí, sólo me está permitida la lectura en sala, ya que para alguien que no tiene la nacionalidad o la residencia definitiva en este país, el servicio de préstamo es poco menos que una utopía.

Es por eso que esta mañana me he llevado una doble alegría: La Fanzine #10 (bajo la temática del “desengaño”) y el último poemario de la compañera de poesía furiosa, Katy Parra, disponibles para su lectura on line.

Es tanta la alegría que, al igual que los bibliotecarios del poema rimbaudiano del post anterior, se me excitó el miembro al rozar las espigas. Vamos, que los dejo por aquí, para quien quiera leer, por la patilla, algo de poesía contemporánea de calidad:

Pincha sobre los enlaces para leerlos:
LA FANZINE #10 (VVAA)
CATÁLOGO DE INVIERNO (KATY PARRA)

Cosas que nunca te conté, maldito blog


Seré breve, seré parco en palabras.

Antes de tomar el vuelo en dirección a Santiago de Chile, hubo algunos pequeños acontecimientos de los que a un escritor de talla humilde le jodidamente hacen feliz.

El primero fue recibir un ejemplar en papel (más otro par de ejemplares de regalo que la gente de La Vida Rima tuvo a bien de enviarme) del especial Fin del Mundo de la revista de relatos Al Otro Lado del Espejo, en el que aparece mi relato “Ingrid y el camino a ninguna parte”. Uno de los relatos de la trilogía apocalíptica breve que me dio por escribir hará un año.

Aquí la revista en versión digital:


Por otro lado y como acto de fin de curso para los talleres de ficción que estuve realizando en Lorca, celebramos un recital, en el que les di repaso cronólogico a mis poemas (desde el cuasi-inédito “Insert coin again” al artesanal “Caviar para gusanos”). Un recital que, para mí resultó bastante especial, por el ambiente, por lo arropado que me sentí, porque era como recitar poesía con una cerveza recién sacada del congelador y zapatillas de andar por casa.

Isa Millán y los demás componentes de “La Sala de Estar” propiciaron el clima adecuado, le buscaron un lugar privilegiado a mis poemarios cartoneros y adquirieron los que me sobraron para poder venderlos ellos por su cuenta. ¡Desde aquí, mil gracias, gente!

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Mención aparte habría que hacer sobre los alumnos del taller de ficción de Murcia en la asociación “La Azotea”, donde Fer y, especialmente Eva, también me hicieron sentir como en casa durante los meses en que se desarrolló dicho taller.

Pese a la insistencia de Thomas y a contar con la presencia de Sandra e Itziar, me fue imposible poder asistir a este evento que, para mí, tenía un carácter especial, -el que ellos pretendieron darle-: un evento multidisciplinar, donde sacar al escritor de su soledad (algo que había sido un tema recurrente durante el curso). Convertir la creación artística en una fiesta para los sentidos. Me consta que así fue, aunque no disponga de imágenes para mostraros de aquella noche, sí que tengo el cartel. También tengo las palabras de ánimo que nos cruzamos, por medio de mensajes privados, ante mi inminente viaje a Sudamérica. Aunque ésas las guardo para mí.

Gracias a todos.

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Aserrín, aserrán… manifiestos, cursos y San Juan


Pasado el día de rigor para sobrellevar la resaca de un fin de semana de presentaciones, cursos y hogueras sanjuanescas, hago recuento de todas las cervezas que me he podido tomar todo lo que he aprendido y visto este fin de semana.

El jueves por la noche asistimos a la fiesta iletrada de presentación del Manifiesto Azul 12. Allí, además del reencuentro con amigos y compañeros, y la oportunidad de conocer a más colegas del oficio bajo la bandera iletrada, pudimos asistir a un recital con los poemas de Antonio Pérez Abril, Joseda Espejo, Alberto Caride, Marta Delgado, Pedro Pujante y otros; la novela negra en 15 líneas de José Óscar López, los microrrelatos de Álvaro Pintado, la historia del hombre más cabrón que pisó la faz de la Tierra por Vega Cerezo o la recomendazión  de la escritura de la ya fallecida Wislawa Szymborska dada por Fernando H… Todo eso y más. Cerveza y sudor. Sudor debido al abarrotamiento de la sala. Y es que el Manifiesto Azul tiene ese efecto. Llena espacios. En el sentido que quieras entenderlo.

Os dejo unas instantáneas de la noche:

Basilio Pujante, dirigiendo el cotarro.

Marta Delgado [EME], leyendo su "Hubo un tiempo"

Joseda Espejo leyendo "Bolañiana"Álvaro Pintado y su "Autodefinido"José Óscar López y su "Novela negra en 15 líneas"Yo, leyendo "Desheredados"Una vista de la cuarta pared

María Rain cerrando el evento con sus canciones

Y éste es el Manifiesto de marras, objeto de deseo de la noche:

Del resto del fin de semana me quedo con algunas cosas dignas de mención, como las charlas sobre cómo diseñar, negociar y financiar un proyecto cultural que nos impartió Santiago Arroyo o la charla sobre redes de espacios culturales que nos ofreció José Luís Rodríguez, dentro de las jornadas de Participación y Gestión de Proyectos y redes Culturales Independientes que organizaba La Azotea, el Ateneo huertano de Los Pájaros y el centro de operaciones artísticas de El Quirófano.

Más tarde, alguien dijo “huele a gasolina” y al poco teníamos una hoguera crepitando a varios metros de altura y achicharrándonos la jeta. Hogueras prefabricadas, que tienen su gracia y no. Los bomberos rondando. Queimada y un tipo poniendo la voz de Manolo García tras un micrófono. Debía haber ganado España porque vi muchas camisetas de esas que exhiben el orgullo nacional. Ganado a fútbol, digo.

Parece que el verano ha llegado.

Y, sin embargo, noches atrás tuvimos tormenta eléctrica en Alhabama. Cosas veredes.

He aquí la prueba:

Foto de José Antonio Cánovas

Poco más que reseñar, salvo que anoche le di una patada a una moneda de dos céntimos que había en la acera y se fue rodando, cuesta abajo, sin llegar a caer.

Luego, le perdí la vista.