Reseña de “Novela B” de Mónica Bustos

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No recuerdo ni cómo llegó a mí este libro, o si leí alguna recomendación, o alguna crítica en blogs, o qué. Recuerdo que me encontré la portada un par de veces, navegando casualmente, antes de pasar por caja y descargarlo a mi lector de ebooks. Digamos que, sin saber muy bien lo que me iba a encontrar en sus páginas, había varios aspectos de esta novela que me atraían: su portada, la atmósfera de serie B de la que parecía querer hacer gala, criaturas míticas del terror por personajes, literatura bizarra…

Empecé a leerlo, por encima, alternándolo con otro libro para el que me faltaban no demasiados capítulos para terminar. A veces hago esto, cruzo lecturas. Sobre todo si estoy terminando de leer algo y veo que me quedo sin libros que echarme a los ojos.

En el caso de Novela B, tuve que suspender la lectura del libro que ya tenía en danza para entregar toda mi atención a éste. A los dos capítulos tomé esa decisión. Eso sí que no suelo hacerlo. Pero, ¿por qué lo hice esta vez? Por dos razones. La primera: porque me dí cuenta de que bajo esa máscara de bizarrada se escondía una historia rica en matices, que prometía un buen entretenimiento. Y la segunda (y más determinante) porque esta novelita no sigue una estructura lineal al uso. Por lo que ir leyéndola a cachos parecía una mala idea. No iba a enterarme un carajo de lo que pasaba, si no le prestaba toda mi atención.

¿Cuál creo que es el mayor acierto de esta joven escritora paraguaya, llamada Mónica Bustos? Haber escrito una novela coral, haciendo un uso libre y personal de la mitología moderna, donde unos personajes y otros se entrelazan, bajo diversas perspectivas y prismas; haciendo uso de un lenguaje coloquial, nada pretencioso, pero bien escogido, certero, poético. Cuando terminamos de coser las costuras a su obra en nuestra cabeza, vemos que no es más que una historia sencilla, al uso. De hecho es una novela de serie B, tal como promete el título. Es una novela honesta y atrevida, por lo que bien merece un aplauso.

He leído por la web algunas críticas de lectores a los que les desconcertaba la estructura de la novela. Si bien a mí lo del desorden de perspectivas me llamó la atención al principio, enseguida acepté el juego y traté de leerla con aún más atención, para no perder detalle. Cuando iba por la mitad de la historia, encontré este vídeo:

Y no pude más que celebrar el acierto de la autora. Resulta que ese baile de escenas y personajes tenía una verdadera razón de ser. Poco a poco, fui pasando de ver esta en esta novela un simple divertimento a una simple genialidad. Fue en el capítulo en el que uno de los personajes, Juan, Juancito, describe a la protagonista, Dila Dubi, cómo son las calles de Chernóbil, donde me convencí de la calidad narrativa de Mónica Bustos.

Si le tengo que poner algún pero sería el de tener un clímax final muy breve y algo flojo. Me explico: La argucia de la escritora juega a su favor durante el libro, pero en su contra al final. El modo en que se nos introduce en la última escena es demasiado abrupto. Llegamos algo desconcertados a un momento que debería ser cúlmen en la novela y, de pronto, el final se precipita en unas pocas páginas. No se le permite al lector digerir lo que acaba de pasar.

[Edito pasado un tiempo: Reflexionando sobre este libro dudo si hasta el final, con ese desenlace tan precipitado, no sea más que otra artimaña de la autora para dotar a la historia de concordancia con el género que pretende. En tal caso, hasta este detalle (en principio) negativo tendría su razón de ser.]

Un libro más que recomendable.

Te va a gustar: Si te gusta la literatura atrevida, experimental. Y si te gusta todo lo relacionado con la sangre y la serie B. De hecho, si alguna vez pensaste cómo sería una buena novela de serie B. Pues así. Tal como Mónica la ha escrito.

No te va a gustar: Si eres sensible a cierta literatura. Realmente, hay algunas escenas un tanto escabrosas. Y, bueno, no alberguemos esperanzas de encontrar una historia con conflictos realistas. Es serie B, ¿vale?

Ficha de Novela B en la tienda Kobo.

Ficha en Amazon

Reseña de “Maestro pocero” de Rodrigo Ratero

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Llegó a mí de la forma más underground posible. Por medio de un amigo de un amigo. Prácticamente, del autor a mi casa. Me gustan esas cosas. Y más, cuando empiezas a leer y te das cuenta de que has dado con una de esas pequeñas joyas que, bien por su temática o bien por su enfoque, jamás habrían visto la luz por una editorial de las de grandes tiradas y lectores prime time.

Hice con él lo que suelo hacer con cualquier libro de papel: tocarlo, manosearlo, observarlo como objeto, olerlo y leer la contraportada. Allí se mencionaba a Camus, a Henry Miller y a Irvine Welsh. Razones de más para empezar la lectura con una ceja levantada.

Pero, en este caso, el escepticismo dio paso enseguida a una sensación de alivio: Las tres primeras frases de la novela me hicieron darme de cuenta de que estaba ante alguien que iba a saber contarme su historia, sin grandes pretensiones y con una buena dosis de sentido del humor.

Maestro pocero es la opera prima del tipo que hay tras el alias de Rodrigo Ratero. En ella se narra la vida y obras (o mejor sería decir vida y destrozos) de Raúl Bouzas: un punki, un inadaptado en tierra de crisis, de trabajos basura y de relaciones sexuales esporádicas.

De acuerdo con que el planteamiento no es del todo novedoso. De hecho, no hay nada nuevo en la novela. Todos hemos leído/visto/escuchado similares a la que aquí se narra. Lo realmente valioso de este libro radica en la cantidad de veracidad o de verdad que hay implícita entre sus líneas.

Leyendo Maestro Pocero (y sin necesidad de llevar cresta) uno puede sentir que es tu propio pellejo el que está en peligro en cada capítulo en que Raúl, lejos de aprender de sus propias lecciones, prefiere seguir hurgando en esa fosa séptica en que parece estar convirtiéndose su vida. Es más, lo admito: Había capítulos en que llegué a detestar al protagonista, al punto de pensar para mí: ¡Pero será gilipollas!

Pero no se trataba en absoluto de un desprecio hacia un personaje horroroso por mal construido, sino esa especie de desazón que uno siente cuando sabes que has metido la pata hasta el fondo y, lejos de hacer algo por arreglarlo, te ves irremediablemente atraído a seguir persistiendo en tu propio error. Eso del Hombre, los animales y tropezar siempre con la misma piedra.

Pero es que el protagonista, Raúl, quiere tropezar. Porque sabe que este mundo no está hecho a medida de gente como él. Y, de este modo, la autodestrucción se presenta como la mejor forma de protesta posible.

Pese a todo, pese al daño autoinfligido, al caos, a las relaciones destructivas, el autor sabe compensar con grandes dosis de humor en vena. Y, si nos ponemos, hasta de ternura. Una extraña ternura compasiva hacia los personajes más crueles y, al mismo tiempo, más débiles de esta historia.

Si tengo que ponerle un pero es que pasé varios capítulos echando de menos algo de “literatura” en sus páginas. A veces, se echaba de menos que el narrador degustara o diseccionara mejor las emociones que tenía en danza. Como si algo de ese material en bruto se hubiera quedado bajo tierra. La contraparte de esto es que la lectura del libro se me hizo muy fluida. Llegando a terminarlo en unas pocas sentadas. Básicamente, es un libro que si te engancha, lo devoras.

Me quedo con una frase, que subrayé mentalmente y que creo que recoge el ideario de esta novela y el ideario, por extensión, de la mayoría de los jóvenes españoles de nuestra época:

Acostúmbrate a no acostumbrarte.

Después de leerlo, entiendo por qué la editorial o quien fuera le aplicó la etiqueta de “una especie de Trainspotting a la española”. Pero no es Trainspotting, no es Irvine Welsh. Es Maestro Pocero, una historia totalmente distinta en fondo y forma. Y creo que su autor, Rodrigo Ratero o como se llame, merece ser llamado por su propio nombre.

Te va a gustar: Si te gusta el realismo sucio. O si fuiste joven y punki en la década de los 2000-2010.

No te va a gustar: Si andas buscando un libro de vocabulario exquisito o con cierta profundidad literaria (ojo, que la hay, aunque se queda un poco cojo en esto).

Por lo demás, se trata de un libro divertido, realista y ácido con el que disfrutar y padecer mientras lo lees. O, como yo, mientras lo tomas de un trago.

Ficha del libro en Editorial Gradiente

Reseña de “Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce”

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Imagen de la versión de la obra adaptada al teatro por Arsenic Art Studio

Dicen que toda buena novela debe enganchar al lector en su primera frase, o al menos en el primer párrafo. Bolaño y Porta comienzan esta especie de road story de esta manera: “La muy puta conducía a toda velocidad”. Todo un comienzo in media res, que nos sumerge en la enfermiza historia de amor entre el aspirante a escritor Ángel Ros y la delincuente sin remedio Ana Ríos (ambos con iniciales A.R., supongo que una especie de auto guiño de los autores: Antonio y Roberto).

Esta novela, la primera escrita por los poetas A.G. Porta y Roberto Bolaño, parece ser una pequeña muestra de los juegos literarios de los que el escritor chileno se valdría en su posterior literatura: Se intercalan capítulos que son todo líneas de diálogo, saltos temporales, cartas y postales a la madre del protagonista, narración casi cinematográfica repleta de acción, lenguaje y ambiente propio del género noir, un apéndice que sobrevuela y enmarca la historia, o notas al pie en las que el protagonista aprovecha para disertar sobre sus pensamientos o sobre su obra inconclusa (una adaptación moderna y personal del “Ulises” de Joyce, la típica primera novela con la que cualquier escritor en ciernes aspira a explicarlo todo, ―parecen querer sugerirnos el dúo Porta-Bolaño―).

Haber o no haber leído el Ulises de Joyce (al que tanta referencia se hace a lo largo de la novela) no es algo que vaya a marcar un mayor o menor goce de la obra. Yo no lo he leído y me ha bastado con tener conocimiento de su existencia y de su argumento a grandes rasgos.

Los “Consejos” son una lectura poco convencional para el año en que fue escrita (1981-1983), y que obtuvo el premio Ámbito Literario de Narrativa en 1984, después de pasar sin pena ni gloria por otros certámenes.

Personalmente, destacaría el modo no lineal con el Porta-Bolaño nos narran esta historia de amor. Porque se trata de la clásica historia de amor (hacia la femme fatale, hacia la literatura) en la que el protagonista trata/desea/intenta forzar las cosas para volver los vientos a su favor, pero sin la constancia o la completa seguridad de que eso sea lo que realmente desea, en lugar de dejarse llevar por las circunstancias y la autodestrucción que lo rodea.

Hay una frase en el libro que creo que es de aplicación universal a todos aquellos que se encierran en un cuarto y se ilusionan con que algún día escribirán algo que merezca la pena. Resume algo así como la crisis de identidad del escritor. La frase dice: “La literatura, entendida de aquella manera descomunal, además de estúpida o tiernamente ignorante, si se la ve de forma compasiva, era la no asunción de ningún rol. Y así no se puede vivir”.

El modo, decía, en que el tándem Bolaño-Porta quiebra la linealidad para esta historia resulta bastante convincente. Confían en el lector, saben que si éste ha estado atento sabrá recomponer los detalles, las situaciones, hasta encajar toda la historia en su cabeza.

Los autores nos presentan situaciones, que dejan patente esa especie de hartazgo o fobia social del protagonista, sus altibajos emocionales, su amor/desamor por Ana (que representa el caos, la destrucción y la anarquía bajo la que parece querer refugiarse el protagonista para escapar de algo peor, el anonimato o una vida anodina, quizás). Y eso es lo importante, en esencia, acompañar al protagonista a lo largo de este periplo vital y cruzar los dedos esperando que salga de ahí bien parado.

Con esta novela breve me pasó algo que a veces pasa. Salvando los océanos de distancia, yo tenía esquemas y anotaciones sobre una historia que quería escribir, en la que el protagonista era un escritor enamorado enfermizamente por una delincuente al estilo de Ana y que se dejaba arrastrar por ella y por sus crímenes sembrados a lo largo de la carretera Panamericana. Sin saberlo, estaba tomando notas para un plagio involuntario. Aunque no es nada tan extraño, teniendo en cuenta que la figura de la pareja criminal es algo que se encuentra frecuentemente en la vida y en la ficción (Bonny & Clyde, Sid y Nancy, la película Asesinos Natos…).

Es una novela que recomiendo a los que buscan una historia épica, pero condensada en pocas páginas, así como para los que gusten de leer literatura de la que se paladea, aún cuando esa sea la excepción dentro del género negro.

La “Teoría de la morcilla” y otros aspectos culinarios de la literatura



Puede que alguna vez hayas oído hablar de la Teoría de la Morcilla en literatura. Para los que no la conozcan, la Teoría de la Morcilla sentencia que un buen texto literario debe ser como una morcilla: debe estar bien atado al principio y al final, y lo jugoso debe incluirse en medio.

Así de sencilla y ejemplificadora es esta idea. De modo que, puede afirmarse que toda obra bien atada entre principio y final y con jugo en su parte central es una “morcilla”.

Dándole vueltas a esta idea, he llegado a la conclusión de que el vasto campo de la literatura está necesitado de más acepciones de corte alimenticio, ya que éstas son susceptibles de definir varios de los géneros y tipos de obras existentes.

De modo que me propongo acuñar unas cuantas que listaré a continuación (absteneos críticos y filólogos de emplear ninguna sin mi consentimiento Creative Commons; tal y como andan las cosas con la Ley Sinde, tengo todas las de ganar en una batalla legal por mis derechos sobre las mismas):


– La “cebolla”
: Dícese de aquellos libros lacrimógenos. Aplíquese a toda aquella obra que nos invite al llanto sentimentaloide o a la depresión más profunda. Hay cientos de páginas así, cada una en su estilo, en autores como Danielle Steel, V.C. Andrews y algún libro de Milán Kundera.

– El “picante”: Ya sabes, todas esas historias guarrillas, que antiguamente se leían a escondidas y con una sola mano.
Como en el caso anterior, la lista es amplia y el espectro variado: Dominique Aury, Nabokov, Almudena Grandes, Henry Miller…

– El “púdin”: Esta denominación abarcaría todas aquellas obras bestsellerianas, aptas para el periodo veraniego, que muchos se animan a deglutir por lo edulcorado de sus tramas. También llamadas así porque suelen echarse a temblar ante la cuchara de un crítico. Dan Brown(ie) y Michael Crichton son dos ejemplos facilones de grandes autores de “púdins”.

– La “nocilla”: Dícese de una generación de escritores, inventada por ellos mismos y bautizada de tal forma, a raíz de la aparición de la obra “Nocilla Dream”. Las obras “nocilla” se caracterizan (aunque sigo sin tenerlo demasiado claro) por una ruptura con la estructura clásica, un uso desaforado de la fragmentación y la intercalación de elementos pop con lenguaje html. La viuda de Borges (cómo no) terminó en pleitos contra uno de sus máximos representantes.

– El “chorizo”: Las obras “chorizo” poséen una gran particularidad: Quienes dicen ser sus autores, no lo son en absoluto. Ejemplos representativos de estas obras, podríamos encontrarlos en Ana Rosa Quintana, algunos capítulos de “La Celestina” de Fernando de Rojas y, según cuentan las malas lenguas, ese “Perfume” de Patrick Süskind que, insisto, según algunos, apesta a plagio.

– La “paella”: ¿Existe la literatura para mujeres? Mucha gente opina que no existe tal distinción, pero yo opino que sí. Y, con este juego de palabras tan ocurrente, le aplico el término de literatura “paella”.

– El “esperma de ballena”: Bajo esta denominación se encuentran todas aquellas obras que resultan intragables para un sector del público, mientras que para un selecto grupo son poco menos que una delicatessen. Sí, las obras de Faulkner, entre otros, entrarían a formar parte de este grupo.

-El “bocadillo de atún”: Pim, pam, pum… ¡bocadillo de atún! Aquí se encuadran todos aquellos frutos del talento literario que se resuelven de un modo tan sencillo, pero tan cáustico… Tan deus ex machina, que la primera sensación al acabarlos es la de que te han tangado. Suelen provocar que no vuelvas a dirigirle la palabra a tu librero de confianza.

– La “ensaladilla rusa”: Término que puede ser empleado por todos aquellos que pretenden dárselas de finos, admitiendo en reuniones sociales que han leído a los rusos (Tolstói, Pushkin, Dostoievski, Chéjov…), pero sin tener ni puta idea de quién escribió “Crimen y castigo” y quién “Guerra y paz”.
Con este sencillo término, podremos presumir delante de los amigos cultos sin despeinarnos: Sí, ya sabes, ahora estoy leyendo toda esa “ensaladilla rusa”… Son realmente buenos los comunistas soviéticos estos.

– El “pimiento” (también llamado “comino”): ¿Sabes estos libros que los lees y no vuelves a acordarte de ellos en toda tu vida? No te tocan la más mínima fibra. Eres el mismo antes y después de su lectura. Simplemente, aprecias un lapso de tiempo que ha desaparecido. El término “pimiento” (o “comino”) resume el valor y la importancia que dichos textos tienen para sus lectores.

– El “pimiento de Padrón”: Sin tener un parecido real con la acepción anterior, el “pimiento de Padrón” tiene muchas posibilidades de acabar siendo literatura “pimiento” a secas. El “pimiento de Padrón” es toda aquella obra seleccionada y adquirida con prisas y llevado por el impulso de su maravillosa ilustración de portada. También, es el resultado del daño que “El círculo de lectores” ha originado durante años a los adeptos a las letras. Como bien indica su nombre, un libro “pimiento de Padrón” es una suerte de lotería, con la que corremos el riesgo de picarnos y engancharnos… o no.

– El “pastel de chocolate”: Son esos libros tan tan azucarados… pero tan tan tan azucarados… Tanto, que de darnos un atracón de estos, posiblemente acabemos indigestándonos. Conozco algunos ejemplos, aunque paso de listarlos (se me seca la boca, sólo de pensarlo). En algunos ejemplos de literatura juvenil encontramos grandes “pasteles de chocolate”.

– El “SOS”: Sí, como el arroz. No hay mucho que decir de estas obras, simplemente que por muchos años que transcurran, nunca se pasan. Son aquellos que vulgarmente se conocen como “clásicos”. Si hay que citar uno, sucede como cuando te piden que pienses en una fruta y tú dices “manzana”. Hummm… ¡”El Quijote”!

– El “caldo con pelotas”: Esta acepción debe usarse para referirse a aquellos libros que, mientras los leemos, nos da por pensar cómo su autor tuvo las pelotas de escribir aquello. Los autores bajo el efecto de las drogas proliferan en este sentido. ¿Ejemplos? No sabría decirte, hay de todo: Burroughs, Boris Vian, Houllebecq, el Conde de Lautréamont… o, ya puestos, el “Mein Kampf”.

– El “polvorón”: Piensa en esos libros que te han regalado en ocasiones como navidades, cumpleaños, el día de San Jordi… y que han terminado sus días formando parte del mobiliario, sin que llegues siquiera a catarlos. Tienen en común con los polvorones la cantidad de años y polvo que pueden llegar a acumular en un armario. Todos tenemos algo de literatura “polvorón” en casa, no digas que no…

– Las “habichuelas con chorizo”: Fácil. Considera todas esas obras de las que todo el mundo va “echando pestes”, muchas veces sin haberlas leído. En el espectro de libros “habichuelas con chorizo” están todos aquellos personajes televisivos que insisten en chupar cámara en programas basura y que, a través de su fama, pretenden lucrarse y abrirse un hueco en el mundo de la… ¿literatura?

– El “sandwich de cangrejo empaquetado”: Éste es un caso curioso. Y creo haber determinado tres casos diferentes en que incurrimos en adquirir libros “sandwich de cangrejo empaquetado”: 1) Cuando acudes a la presentación del libro de un colega y no te quedan más narices que comprarlo. 2) Cuando en el instituto te obligan a leer un “sandwich…” para aprobar Lengua y Literatura. 3) Cuando quieres leer algo y únicamente dispones de un título o dos a mano. En cualquier caso, un “sandwich de cangrejo empaquetado” es cualquier libro que adquieres o lees por narices, porque no tienes más opciones. Como cuando tienes hambre y acudes a una máquina expendedora y… ¡Oh, no! ¡Sólo hay sandwichs! ¡Y son de cangrejo! Pues eso.

– El “fuá”: Concluyo el listado de las nuevas acepciones literario-culinarias, con un término ambiguo, aunque rotundo. El “fuá” es aplicable a obras de muy distinto calibre y sólo puede ser designado a la postre de haber leído el libro en cuestión.
“Fuá” es el término apropiado para indicar que, tras la última página de un libro, éste nos ha entusiasmado. O bien, que éste nos ha provocado unas ganas irreprimibles de asesinar al autor. La diferencia estriba en el tono que se aplique al entonar el “fuá”.

Bon appétit!

Hemingway mordió la lona al segundo asalto

“Clase” es un claro ejemplo del tipo de relatos que refleja fielmente el afán del escritor norteamericano Charles Bukowski por convertirse en un escritor considerado, durante sus años de juventud.
En dicho relato, el joven Buk encuentra a Ernest Hemingway boxeando sobre un ring “en algún sitio, al noroeste de California” y decide medir sus fuerzas a golpe de gancho con el autor de “El viejo y el mar”.

“-¿Estás loco, chico?, -me preguntó.
-No sé. Creo que no.”

Este escrito, pequeña muestra de la literatura más surrealista y ácida de Buk, pone de manifiesto la línea que marcó su escritura durante años: Humor, violencia, sencillez en la forma y un absoluto desprecio por los iconos de la época.

“Toda la gente se acercó. A Ernie lo abandonaron. Pobre Ernie. Todo el mundo se puso a mi alrededor. También las mujeres. Estaba rodeado de ladrillos por todas partes menos por una. Sí, una verdadera hoguera de clase me estaba mirando de arriba a abajo.”

Tras una dura pelea, Buk consigue salir victorioso y obtiene el reconocimiento que espera por parte de un público que él denomina con “clase”. La crítica y el público comienzan a admirar de forma espontánea y unánime su figura, tras dejar K.O. a Hemingway.

La genialidad de Bukowski en esta historia estriba en la capacidad de emplear su literatura para expresar sus deseos más fervientes (convertirse en un escritor de la talla de cuantos admira), al tiempo que consigue reírse de sí mismo. De hecho, este texto es una constante burla de la que fue su vida a los veinte y a los treinta y tantos, cuando trabajaba de cuando en cuando y en cualquier empleo, vagaba mientras tanto y escribía relatos que ninguna revista quería publicar.

“-¿Qué sueles hacer? -preguntó alguien.
-Follar y beber.
-No, no. Quiero decir en qué trabajas.

-Soy friegaplatos.

-¿Friegaplatos?
-Sí.
-¿Tienes alguna afición?
-Bueno, no sé si puede llamarse una afición. Escribo.”

Boxeador aficionado, borracho pendenciero y poeta. Escritor que peleaba con los puños como con las palabras, como Hemingway, como Cortázar. Todo ello es cierto. Pero tras las palabras más sucias y el rostro maltratado de Buk se encontraba ese escritor de gran sensibilidad, que sigue calando hondo y ganando adeptos quince años después de su muerte.

Ahora la cuestión es… ¿Con qué escritor vivo merecería la pena liarse a puñetazos?

Las memorias amnésicas de Satie

“Se puede hacer todo con tres trompetas.”


Erik Satie (1866-1925)

No sé por qué siento una especial devoción por los locos. Me caen bien, vaya. Tal vez sea porque, después de ser sometidos a todo tipo de críticas por sus contemporáneos, finalmente casi siempre acaban teniendo razón.

Acabo de terminar de leer Memorias de un amnésico de Erik Satie. Un libro en el que se recopilan varios de los manuscritos y artículos que este compositor, a caballo entre los siglos XIX y XX, escribió en vida.

Un tipo que, a sus cuarenta años, decidió ingresar en el conservatorio y que, anteriormente, había dedicado sus esfuerzos a componer música para cabarets.

El libro en sí es bastante monotemático: Él y su constante lucha contra los críticos musicales de la época. Dotado de una agudísima ironía (tanta que, en ocasiones, no sabes si habla en serio o no) y cargado de razones y mala leche, embiste una y otra vez contra lo que él llama “vigilantes” (compositores y críticos que desdeñan todo lo que se escapa de su limitada concepción sobre lo que debe ser música) y ensalza a los “poetas” (los auténticos artistas, los que no tienen miedo a experimentar,  según Satie).

“Se suplica a los que no lo entiendan que observen con el más respetuoso silencio y que muestren una completa actitud de sumisión, de total inferioridad. Ése es su verdadero papel.”

Es éste un libro recomendable, no sólo a amantes de la música, sino a todos aquellos que quieran descubrir a esta extravagante figura histórica. Un irredomable loco de principios del siglo XX que inventó la “música para no ser escuchada” (la música de ambiente, la de ascensor, por ejemplo), que titulaba a sus composiciones con títulos como Tres piezas en forma de pera y que veía el mundo con los ojos de un genio que nunca brilló con toda la intensidad que merecía.

Aquella carretera polvorienta

En breve, la historia que le sirvió a Cormac McCarthy para alzarse con el premio Pulitzer, será estrenada en la pantalla grande, con la archifamosa jeta de Viggo Mortensen.

Recuerdo que leí La carretera de McCarthy en unos pocos trayectos de cercanías de esos que llevo a cuestas. No puedo decir que la novela en sí me entusiasmara, pero ¿quien puede negar que tiene cierto encanto?:

Un padre y su vástago caminan kilómetros y kilómetros (millas y millas en el original) de carretera cubierta por una capa de polvo y ceniza, resultado de un apocalipsis mundial cuyo origen apenas es explicado a lo largo de toda la historia, y manteniendo conversaciones muy similares a ésta:
-¿Tienes hambre?
-No.
-Seguro que tienes hambre.
-No.
-Toma hijo, come algo que te veo raquítico.
-Vale.
-¿Está bueno?
-No. ¿Qué es?
-Emanens, en la etiqueta pone que caducaron hace tan sólo un mes.
-Vale.
-Si no quieres, no te lo comas ¿eh?
-Vale.
-Anda, vente que acabo de ver un carro de la compra, que puede venirnos bien para dejarnos caer por la próxima cuesta abajo.
-Vale.

No pienso desvelar el final de la historia a aquellos que quieran ir a verla al cine o descubrirla en el libro, pero no sé por qué me da que este es uno de esos extraños casos en el que la gran pantalla le va a hacer un favor al texto.
Entiendo lo que pretendía el viejo McCarthy con esos diálogos tediosos y ese transitar eterno a través de aquella carretera, pero juro que mientras leía me decía a mí mismo: Como este crío vuelva a decir “vale” me doy de cabezazos contra la ventanilla de emergencias… ¿Es que no sabe llevarle la contra a su padre como la mayoría de los niños a su edad?

Otra cosa es que yo admire la figura del escritor de La carretera y No es país para viejos, un tipo que ha declarado que durante muchos años vivió como un indigente (no está mal para un ganador del Pulitzer). Alguien que ha tenido las narices de decir que Proust o Henry James no son literatura: “No los entiendo”, declaró en una entrevista. Y, precisamente, creo que eso es lo me gusta de él: la soltura que puede y debe tener un escritor para dar su opinión libremente sin temor a las críticas de los más puristas.

Esas palabras me recuerdan lejanamente a aquella entrevista que le hicieron al bueno de Bukowski, donde el genio del realismo sucio soltó una perla tal como ésta: “Shakespeare es ilegible y está sobrevalorado, pero uno no puede atacar a los templos. Uno no puede decir que Shakespeare es mierda. Cuando algo dura mucho tiempo los snobs comienzan a aferrarse a él, como ventosas”.
Cosas del tío Charles.