Reseña de “Maestro pocero” de Rodrigo Ratero

maestro pocero

Llegó a mí de la forma más underground posible. Por medio de un amigo de un amigo. Prácticamente, del autor a mi casa. Me gustan esas cosas. Y más, cuando empiezas a leer y te das cuenta de que has dado con una de esas pequeñas joyas que, bien por su temática o bien por su enfoque, jamás habrían visto la luz por una editorial de las de grandes tiradas y lectores prime time.

Hice con él lo que suelo hacer con cualquier libro de papel: tocarlo, manosearlo, observarlo como objeto, olerlo y leer la contraportada. Allí se mencionaba a Camus, a Henry Miller y a Irvine Welsh. Razones de más para empezar la lectura con una ceja levantada.

Pero, en este caso, el escepticismo dio paso enseguida a una sensación de alivio: Las tres primeras frases de la novela me hicieron darme de cuenta de que estaba ante alguien que iba a saber contarme su historia, sin grandes pretensiones y con una buena dosis de sentido del humor.

Maestro pocero es la opera prima del tipo que hay tras el alias de Rodrigo Ratero. En ella se narra la vida y obras (o mejor sería decir vida y destrozos) de Raúl Bouzas: un punki, un inadaptado en tierra de crisis, de trabajos basura y de relaciones sexuales esporádicas.

De acuerdo con que el planteamiento no es del todo novedoso. De hecho, no hay nada nuevo en la novela. Todos hemos leído/visto/escuchado similares a la que aquí se narra. Lo realmente valioso de este libro radica en la cantidad de veracidad o de verdad que hay implícita entre sus líneas.

Leyendo Maestro Pocero (y sin necesidad de llevar cresta) uno puede sentir que es tu propio pellejo el que está en peligro en cada capítulo en que Raúl, lejos de aprender de sus propias lecciones, prefiere seguir hurgando en esa fosa séptica en que parece estar convirtiéndose su vida. Es más, lo admito: Había capítulos en que llegué a detestar al protagonista, al punto de pensar para mí: ¡Pero será gilipollas!

Pero no se trataba en absoluto de un desprecio hacia un personaje horroroso por mal construido, sino esa especie de desazón que uno siente cuando sabes que has metido la pata hasta el fondo y, lejos de hacer algo por arreglarlo, te ves irremediablemente atraído a seguir persistiendo en tu propio error. Eso del Hombre, los animales y tropezar siempre con la misma piedra.

Pero es que el protagonista, Raúl, quiere tropezar. Porque sabe que este mundo no está hecho a medida de gente como él. Y, de este modo, la autodestrucción se presenta como la mejor forma de protesta posible.

Pese a todo, pese al daño autoinfligido, al caos, a las relaciones destructivas, el autor sabe compensar con grandes dosis de humor en vena. Y, si nos ponemos, hasta de ternura. Una extraña ternura compasiva hacia los personajes más crueles y, al mismo tiempo, más débiles de esta historia.

Si tengo que ponerle un pero es que pasé varios capítulos echando de menos algo de “literatura” en sus páginas. A veces, se echaba de menos que el narrador degustara o diseccionara mejor las emociones que tenía en danza. Como si algo de ese material en bruto se hubiera quedado bajo tierra. La contraparte de esto es que la lectura del libro se me hizo muy fluida. Llegando a terminarlo en unas pocas sentadas. Básicamente, es un libro que si te engancha, lo devoras.

Me quedo con una frase, que subrayé mentalmente y que creo que recoge el ideario de esta novela y el ideario, por extensión, de la mayoría de los jóvenes españoles de nuestra época:

Acostúmbrate a no acostumbrarte.

Después de leerlo, entiendo por qué la editorial o quien fuera le aplicó la etiqueta de “una especie de Trainspotting a la española”. Pero no es Trainspotting, no es Irvine Welsh. Es Maestro Pocero, una historia totalmente distinta en fondo y forma. Y creo que su autor, Rodrigo Ratero o como se llame, merece ser llamado por su propio nombre.

Te va a gustar: Si te gusta el realismo sucio. O si fuiste joven y punki en la década de los 2000-2010.

No te va a gustar: Si andas buscando un libro de vocabulario exquisito o con cierta profundidad literaria (ojo, que la hay, aunque se queda un poco cojo en esto).

Por lo demás, se trata de un libro divertido, realista y ácido con el que disfrutar y padecer mientras lo lees. O, como yo, mientras lo tomas de un trago.

Ficha del libro en Editorial Gradiente

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