Escribir un libro pulp (6): Registrar tu obra

Hay un tema que me dejé en el tintero al escribir sobre todo este proceso de publicación de un libro pulp. No sé si algo de esto le servirá a alguien, pero para mí es válido narrarlo como simple experiencia.

Hablemos sobre registrar tu obra. Algo muy a tener en cuenta en la era de Internet. Sobre todo, viendo cómo está el patio. Como digo, Internet acentúa este problema, del mismo modo que permite darle difusión a tu obra de un extremo a otro del mundo.

Estar en Chile, y no disponer de la vieja maquinaria burocrática de registro de la propiedad intelectual de Murcia, me llevó a tener que echar mano de un recurso bastante válido, bajo mi punto de vista: Safe Creative.

safecreative

Safe Creative es un registro de la propiedad intelectual, privado y gratuito que, ante todo, garantiza que tú fuiste el primero en registrar una obra a tu nombre. Esto, tal como se detalla en el siguiente post, no garantiza al 100% que la obra sea de quien dice ser, pero sí que te aporta la suficiente cobertura jurídica como para demostrar la originalidad y autoría real de una obra con bastantes garantías. Por supuesto, también disponen de un servicio premium, bajo pago, que ofrece algunas garantías más (como asistencia legal personalizada o un certificado de la US Copyright Office).

Personalmente, llevo tiempo usando este registro, junto a una licencia Creative Commons (ya que no son incompatibles) para  las entradas de este blog. Igualmente, lo usé para registrar mi poemario cartonero “Caviar para gusanos“.

Soy un convencido de la cultura compartida (no del todo gratis) y de que los autores reciban un pago y un reconocimiento justo por sus obras (no tengo tan claro lo de sus herederos), por eso creo que servicios como estos facilitan la labor de aquellos que se exponen cada vez que publican algo en la Web.

Tiene su punto romántico tomar un tren con tu obra encuadernada, para ir hasta el registro de la propiedad más cercano. Sacar número y hacer cola. Rellenar a mano el impreso. Bajar al banco a pagar una buena pasta. Ayudar a la funcionaria de turno a escribir correctamente el título de tu obra. Y salir de allí, con ese olor a madera carcomida y papel enmohecido pegado a tu ropa. Tiene su nosequé romántico, insisto, pero no lo echo de menos.

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