Chilenismos y españolísimos

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Nunca lo dije por aquí. Entre otras cosas, para evitarme problemas en la aduana. El caso es que ya es una realidad: Llevo tres semanas en Chile, con intención de permanecer aquí por un tiempo.

En este lapso, no ha habido un día en que no tomara notas de lo que recogían mis sentidos. A día de hoy, vivo en el país natal de Bolaño como un niño para el que todo es original y novedoso. Y, aunque no todo es de mi agrado, traté de dejar mis prejuicios y mi impaciencia en España y, ante cada problema, intento buscar una solución o soltar una carcajada.

Todo esto suena muy happy o muy vivalavida, pero no soy ningún infeliz. He aterrizado desde un país en cenizas, donde a la gente le cuesta mantener una sonrisa o sacar adelante un proyecto y, ahora mismo, cada mirada de recelo por ser extranjero, cada vez que tengo dificultades para comunicarme por tener un acento extraño (o debido al excesivo uso de la jerga propia de Chile) o cada vez que me han dicho que hablo en españolísimo, ha resultado ser un soplo de aire fresco para mí. Lo tengo jodido. Pero aún vivo como en un sueño y, consciente de ello, me limito a no preocuparme. Que todo fluya. Así ha sido desde que bajé del avión en Santiago.

El chileno de a pie me ha demostrado ser afable en el plano personal. Voluntarioso y dispuesto a ayudar. Hay otros contrastes que me chinan. Pero, por lo general, no puedo quejarme. Vivo en propia carne la experiencia del inmigrante y, precisamente, las instituciones en España nunca fueron un ejemplo a seguir en lo que respecta al trato con el extranjero.

La burocracia es terrible aquí. Necesitas papeles, cédulas de identidad y documentos ante notario casi para cualquier cosa (un buen ejemplo de esto fue que me solicitaran el RUT -una especie de DNI chileno- para devolver una bombilla en una tienda. Y no, no me vacilaban, aquí es lo habitual).

Otro aspecto llamativo de Chile es el efecto de su capitalismo salvaje. Todo está en venta. Todo se compra. La competencia espera a la vuelta de la esquina. La publicidad es asfixiante en las calles de Concepción, al menos para alguien que no está acostumbrado a tanto estímulo visual. La venta ambulante, -según me han informado- es ilegal, como en España. Pero los carabineros suelen hacer la vista gorda y en cada esquina, plaza o calle hay alguien vendiendo algo, como esto:

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De momento, todo son anotaciones en mi libreta. No sé cómo plasmaré todo esto, ni cuándo. Sé que lo haré.

De momento, me limito a vivir, ¿cachái?.

De esta manera:
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