Año nuevo, libreta nueva

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Si me preguntaran cuál es la herramienta indispensable para cualquier escritor, pondría en el primer puesto un teclado. La escritura a mano murió. Ya sólo se reserva para hacer listas de la compra o para los nostálgicos de la correspondencia de sello, carta y bolígrafo.

Si me preguntas qué más necesita alguien que pretende escribir cualquier cosa con valor literario, te diré que una libreta.

Si escribes relato o poesía o, sobre todo, novelas, sabes que necesitas una de éstas, tanto como un fotógrafo necesita su cámara ante una puesta de sol irrepetible.

La cuestión es no dejar que se escape. La inspiración.

“Que la inspiración te pille trabajando”…

…Dicen que dijo Picasso. Yo añadiría: Que la inspiración te pille con una libreta cerca.

En mi caso, la inspiración me ha pillado trabajando, conduciendo, escuchando música, en pleno acto sexual y (lo que más rabia me da de todo) a punto de conciliar el sueño.

Para ser sincero, creo que no llego a anotar el 50% de las ideas que se me ocurren. Muchas por vagas (las ideas, no yo) y otras, éstas sí, por vagancia.

Las ideas están hechas de una sustancia extraña. Pueden deslizarse por tu cabeza y desaparecer al instante, si no les prestas atención. Pueden crecer y extenderse cuando te centras en ellas. Pero lo importante es tener una red, un cazamariposas, para atraparlas cuando revolotean a tu alrededor. Esa red es tu libreta.

Tener una libreta significa estar a merced de tu imaginación. Convertirte en su esclavo. Significa volverte autista en mitad de un concierto, buscando un rincón aparte, para registrar lo que sólo tú puedes oír en ese momento. Cabría preguntarle a Cortázar si nosotros escribimos en la libreta o si es la libreta quien nos escribe a nosotros.

He reunido las libretas que he ido llenando desde el año 2008 en una foto para ilustrar este post. Ahí están, un par de Moleskines, tres de propaganda y una que ni lo uno, ni lo otro, pero que era un regalo. Podéis ver que no hago ascos a nada. Todas ellas sin excepción están prácticamente llenas, salvando dos o tres páginas que siempre dejo de reserva antes de pasar a la siguiente libreta.

La de 2012 (la roja enana) está ya caput. Así que el otro día me dirigí a una tienda de mi pueblo a comprar una a la que ya le había echado el ojo. Es ésta:

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Lo cierto es que está tan impoluta que tengo ganas ya de hacerle perrerías. Había pensado escribirle o dibujarle algo en la portada con un permanente, porque no me agrada demasiado el color éste, amarillo huevo (las otras opciones eran un azul tengocuatroaños o un verde urticaria).

Al menos, ha salido económica. Un pavo y medio. Las páginas tienen un grosor y un tacto similar a la Moleskine y tiene carpetilla en la contraportada, por lo que no ha sido una mala compra, después de todo.

Uso libretas desde que tengo uso de razón

Si hay algo que salvaría en caso de incendio son mis libretas. Son mi pasaporte a otras épocas. Alguna vez he sacado viejas libretas del armario, de cuando tenía nueve o diez años, de los relatos que empezaba y nunca terminaba, de cómics o personajes que dibujaba… Las saco y me río. De mi inocencia. De mi ignorancia. De un modo sano, pero me río.

Mis libretas contienen trozos de vida. Sigo dibujándolas. Escribiendo frases sueltas (épicas y rutinarias). Sigo apuntando direcciones (físicas o de email) o recetas de cocina, que luego no pongo en práctica. Sigo manchándolas, como si me asustara que estuvieran en blanco:

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