El blues del primer poemario

bluespoemario

Empieza 2013 y vuelvo a quedarme sin curro. Sin trabajo remunerado, quiero decir. El otro tipo de trabajo permanece latente, como la primera ola de un tsunami al borde de mi escritorio. Se acumula peligrosamente. Está a punto de saltar.

Entre finales de diciembre y principios de enero, finiquitamos los talleres en La Azotea y La Sala de Estar. Una gran experiencia, todo hay que decirlo. Disfruté con cada dinámica que les proponía y ellos también, creo yo. Conseguimos reírnos en las clases y eso es algo importante. Todo se entiende mejor a través del humor. Intenté guiarles al tiempo que quise dejarles libertad creativa. Eso también me parecía importante. No sé si lo conseguí. Ojalá sigan escribiendo, porque percibí talento en el aire.

El caso es que me encuentro ante una situación inminente de importantes cambios, pero sobre la que no me apetece escribir ahora. Más adelante. Pronto. En otro momento.

Es otra la cuestión. Llevo un par de días, volviendo sobre viejos textos, intentando encontrarles sentido, ahora que lo que hay allí escrito no son más que sentimientos muertos. O sepultados, más bien.
Estaba pensando en líneas quebradas, en versos. En eso que la gente llama poesía. Sobre todo en ¿¡cómo se me ocurrió a mí pretender bailar con ella!? ¡Si soy arrítmico, por la pierna amputada de Rimbaud!

Es curioso el caso de mi primer poemario. Nunca llegó a ver la luz (no lo leyeron más que unas escasas cinco personas) y ya ha muerto. De lo que hay escrito ahí, ni la mitad es cierto a día de hoy. Podríamos decir que siempre quedará quien pueda identificarse con algunos de los versos que contiene. Pero ni eso. Esos poemas (47, para ser exactos) no verán más la luz de lo que la han visto hasta ahora: Tres de ellos me ayudaron a ganar el accésit de poesía del Creajoven 2011. Un cuarto ha aparecido publicado en el especial erótico de la revista Seconal. Envié el poemario íntegro a un concurso, pero no ganó. La portada (la única que conocerá) es ésta:

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No hay que ser un lumbrera para deducir qué quise decir con el título.
Éste es un poemario de desamor, más que de amor. Mórbido, más que erótico. Un blues en La menor. Desafinado en varias de sus partes. Comienza en la soledad de una cama ajena, mientras una pareja folla en la habitación de al lado. Transita a veces el remordimiento y a veces el olvido. Se baña en el sudor anónimo, donde no hay rencor. Profetiza cosas que jamás llegaron a ocurrir y concluye una madrugada, como el preludio a una nueva sinfonía.

Seguramente, no es lo mejor que haya escrito. Pero sí lo más puro. Lo menos forzado y, también, lo menos contaminado. También es una obra que salió más o menos de un tirón (alrededor de cinco meses) y eso me intriga. Fue un trance creativo. Puro estado de flujo o etat second, que lo llamaba Cortázar.

Actualmente trato de cerrar un proyecto que ya tiene unos añitos: Un libro de relatos. Creo que ya sé de qué hablan esas historias cuyas voces vengo escuchando desde hace tiempo. Y en ello estoy. Esperando que fluya, como fluyeron cosas como ésta.

Pero todo esto no son más que paladas de tierra con las que estoy cubriendo dichas páginas.

Las oigo aullar, pero allano la tierra removida a pisotones y tiro para casa.

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