13 Almona Boquerón



Prefiero esto. Que nos encontremos de noche. Con tu lencería de hormigón y hierro forjado. Tus medias rotas de asfalto. Tu maquillaje de neón y el modo en que guiñas esos ojos color ámbar a los turistas.

La cautivadora. La trasnochadora. La enigmática. La gélida. La cruel. La milenaria. La palpitante. La adrenalínica. La anfetamínica. La bohemia. La arabesca. La cruda. La esquizofrénica. La tumultuosa. La promiscua de ojos vidriosos. La de los cuentos. La de los besos que huelen a humo. La de las calles que saben a humo. La de las plazas que suenan a tierra y raices. La ciudad de abajo. La submarina. Donde no llega el resplandor de ese candil titánico que bañan las aguas del Darro.

Te recorro, como digo, de noche. Con las venas llenas de gente: Pedro Antonio. Gran Capitán. San Juan de Dios. Mano de hierro. Almona Boquerón.
Sobre todo, Almona Boquerón.

13 Almona Boquerón, para ser exactos.

Me acerco al portal como quien presta atención a un detalle concreto de un sueño: todo por ver qué hay de real. El antebrazo sobre la puerta astillada sabe que se abrirá de un empujón, antes de hacerlo. Se cuela una corriente de aire, que en realidad es una corriente de escenas que pertenecen a la memoria. No he abierto una puerta. Es la maldita caja de los recuerdos de Pandora.

Analepsis en propia piel. Un regreso al pasado. Un flashback de situaciones cotidianas sin trascendencia: Huele a cafeteras silbantes y al humo de los cigarritos de A, después de comer. Se escucha a K jugar con sus vinilos de batalla y declararle la guerra musical a los del primero. Puedo ver a J cruzar de puntillas por la casa, como un fantasma intrigado por su propia imagen y también saborear las charlas pseudofilosóficas y el ron barato, junto a F, los viernes noche.

Residuos. Astillas de goma, impregnadas de una realidad caduca, que el tiempo borró del papel.
Al amanecer, la ciudad aún resplandece, pero de un modo distinto.
La muy golfa aún guiña sus ojos ámbar a los turistas.
Pero a mí ya no.
A mí me dedica una lluvia de camino a la estación. Una lluvia gris, quebradiza, que reblandece los recuerdos que arrastro como maletas. Supongo que busca crear un clima, apelar a mi nostalgia.

Levanto un dedo corazón y se lo dedico a la ciudad entera, en mi cabeza. La lluvia es necesaria aquí, como en todas partes, para eliminar detritos y restos. Así se deshace de mí. De un manguerazo. Sin acritud. No me importa. Fuiste una más. Fui uno más. Me escurro sobre charcos, de camino a la estación, como uno de esos rain dogs a los que aullaba Tom Waits.

Me deslizo por tu piel húmeda, sin llegar a desgarrar nada.
Enciendo un último cigarro. Un último intento por contaminarte.
Apesto a perro mojado.

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