‹Metro›



La chica que hay sentada en el suelo se llama Iratxe y ahora mismo no tiene demasiadas ganas de hablar. Un grupo de espontáneos cantaores se dedica a reclamar su atención, a gritos, llamándola por su nombre, entre rumba y soleá. Todos visten anchas camisas de colores claros y zapatos negros a modo de uniforme. Uno de ellos lleva puesto un sombrero de feria. Otro, gafas de sol de pasta blanca y un cigarrillo detrás de la oreja. Del pecho lampiño al descubierto del tercero cuelga un crucifijo que baila sobre una gruesa cadena de oro, al ritmo de las puñaladas que éste está asestando a una guitarra española.

Son las siete y doce de la mañana y ellos van completamente pedo. Se tambalean. Gorjean en un dialecto propio de las madrugadas, que en realidad es una mezcla de castellano y euskera, al que el etanol priva de una adecuada vocalización.

Las paradas del ferrocarril a estas horas parecen más bruscas y secas que las de a plena luz del día. Provocan que estos pierdan el equilibrio y rueden entre risas por el pasillo.

Iratxe, sin embargo, sólo acusa un moderado balanceo y un derramar de cabellos hacia su izquierda, cada vez que el frenético gusano metálico se detiene y suena el pip-pip-pip que marca el inicio y fin de su micro-letargo de escasos siete segundos.

Pese a las animadas apelaciones de sus compañeros, Iratxe no escucha. Mejor dicho, no atiende. A ella también se le ha subido el alcohol a la cabeza. La misma cabeza que mantiene apoyada sobre sus antebrazos (y estos apoyados sobre sus rodillas, casi en posición fetal). La misma cabeza que, en este momento, parece una txosna giratoria, de la que ella desearía poder apearse. Demasiado kalimotxo y demasiados gin-tonics. Demasiadas penas que usar como bayetas. Su colega, el violentador de guitarras, le ofreció «una punta de speed», al acabar la noche, para no tener que arrastrarla entre los tres hasta el metro y que pudiera andar por ella misma. No aceptó. Yo nunca tomo -dijo. Soy feliz con mi bebida -añadió.

Una pareja sube en la siguiente estación, pero Iratxe ni se entera. Sus amigos sí, y suben el volúmen de su repertorio de borrachos, intentando llamar la atención. La pareja va a su rollo y pasan de todo. También vienen de fiesta, aunque de una mucho más light, en apariencia. No parece que les cueste vocalizar. Ella es una muñeca rubita e impasible de unos veinte años. Él tendrá más o menos su edad, piel oscura tejida en Sudamérica, y no deja de hablar. Ella lo mira como si no se creyera una palabra de lo que él le cuenta, pero con el brillo en los ojos de quien tiene ganas de que le amen y le hagan sudar por un rato. Él se va ganando su confianza, hablándole en un tono firme pero dulce, intentando provocarle una sonrisa, con la comparsa del metro sonando aún de fondo. Ella cede y él aprovecha el espacio abierto en los labios de la chica. La besa. Se miran como si no se conocieran. Se vuelven a besar. Iratxe permanece al margen de todo. No deja de repetir para sí misma que no va a volver a beber.

Ahora las neuronas ebrias de su sesera se preguntan qué le llevó a salir de fiesta con estos tipos. Siquiera, qué le une a ellos. La amistad social es relativa. Depende en gran medida de la fase alcohólica en la que te encuentres. Si a las tres «tú eras mi mejor amigo», puede que a las seis no quiera verte «del bajón que arrastro». Pero Iratxe conoce las razones, aunque no las acepte. Son los amigos de su ex. El mismo ex que ahora anda con la golfa de los implantes de silicona. Ese ex que ni el alcohol, ni las noches de farra y flirteo con sus amigos le han hecho olvidar.

Suerte que no pueda ni levantar la cabeza para ver a la parejita feliz que se ha sentado frente a ella. Su culo, en el suelo. El contenido de su bolso, esparcido por todo el vagón. Su falda, arremangada hasta donde nace el glúteo. Su chaqueta vaquera, con pequeños lamparones blanquecinos de hiel. Sus ojos, los que nadie puede ver en este momento, enrojecidos por el rimmel corrido y por las lágrimas.

El gusano metálico vuelve a detenerse en su excavar de túneles y sube un matrimonio de ancianos que se le queda mirando. Los componentes de la tuna del metro vuelven a llamarla con entusiamo: ¡Iratxe, Iratxe! En realidad, no la llaman. Sólo pronuncian su nombre y ríen, como si el simple acto de llamar a alguien tuviera alguna gracia. Los ancianos se compadecen de ella y dicen algo del estilo de «qué lástima».

Del teléfono móvil de Iratxe comienza a emanar una melodía pop. El teléfono ha ido a parar bajo un asiento, al fondo del vagón. Es él quien llama. Su ex. Pero el móvil se encuentra ya demasiado lejos.

E Iratxe ha caído demasiado bajo. Demasiado.

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