El individuo/artista y su espacio [el ejemplo del Colectivo Tong]



Una de las cosas que más me han llamado la atención, en mi breve escapada al País Vasco, es la importancia que la juventud autóctona otorga a los espacios okupados de libre creación, reunión y asociación (llámense CSAs, gaztetxes o como uno prefiera). Un rápido vistazo a las hemerotecas digitales me permite comprobar que los impulsores de uno de estos centros en Sopelana (localidad a 30 minutos en metro desde Bilbao, donde nos acogieron por unos días) no lo han tenido fácil para conseguir su propósito.

Muchos siguen reticentes ante la idea de que un espacio deshabitado o abandonado es un espacio muerto, pese a que aún vivamos en un mundo de posesiones y poseedores, en el que una firma sobre un papel tiene mayor peso que el esfuerzo y la experiencia colectiva.

Partiendo de una tónica similar, me llegan noticias de cierto colectivo de ¿Murcia?… (No lo sabemos con seguridad, ya que el sigilo parece ser uno de sus rasgos distintivos). Se trata del Colectivo Tong, y estos son sus principios y sus primeros objetivos:

Todo viene al caso de una guardería a medio construir, que el Ayuntamiento de Murcia proyectó en las inmediaciones del barrio de Espinardo, concretamente en una rambla que tiende a inundarse cada vez que a los cielos del sureste les da por derramarse. Las obras de la guardería en cuestión, tal y como informa la prensa regional, llevan suspendidas un año y medio, desde que la Confederación Hidrográfica calificara al proyecto de inviable. Como siempre, culos erróneos dando órdenes inadecuadas desde los despachos incorrectos.

Aquí es donde entran en juego las acciones de este colectivo artístico: Pensemos que un artista solo es tal, si logra influir sobre un espacio, sobre una sociedad o sobre sus individuos.
De esta forma, su primera acción responde en gran medida a estas condiciones, haciendo de la entelequia, de lo efímero y de la reciprocidad los pilares vaporosos de su primera gran obra.

Solicitan la intervención casual para dar forma a ese animal quimérico/galería de arte improvisada que es ahora La Rambla, donde cada cual es “una clase especial de artista” y donde puedes hacerte con una obra original, dejando tú alguna obra a cambio. Arte del movimiento. Arte volátil, pero en estado puro. Y, por supuesto, crítico. Crítico con esa broma infinita que es la realidad.

Arte que permanecerá allí hasta quién sabe cuándo. Quizá hasta que se lo lleve el aire…
O el agua de lluvia.


Añado algunas fotos, sustraídas del Facebook del Colectivo Tong, esperando que no les importe:




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