El mundo cambia, el mundo no cambia y las nubes pasan sobre nuestras cabezas


La vida no es blanca ni negra, tiene matices. Y son esos matices los que provocan reacciones positivas o negativas en nosotros. Un día nos despertamos henchidos de energía y, sin saber por qué, algo nos trastoca. Un día despertamos sin motivación y surge un brillo que nos obliga a esbozar una sonrisa y a impulsar hacia adelante nuestras causas.

Hoy sólo hablaré de libros.

El mundo cambia:
Hace ya un tiempo, le hablaba a mi padre (escritor de oficio) sobre cuál me parecía a mí que era el futuro de la edición. Observando con atención lo que ocurría en el mundo de la música, uno podía atisbar por dónde irían los tiros aplicando el mismo sentido común al ámbito librero. Amazon todavía no era más que una realidad en USA y Bubok acababa de nacer. Esta idea, por supuesto, no era mía. La debí escuchar o leer a alguien que no recuerdo. Pero actuando como una Casandra cualquiera, trataba de explicarle que en un futuro próximo los intermediarios habrían de quedar fuera del juego. Dejarían de tener sentido. El enlace entre autor y público se vería facilitado a través de Internet. Un medio por el que un autor puede publicar sus propias obras por medio de una simple página web y un medio de pago tipo Pay Pal. Él no negaba estos hechos, pero ponía sobre el tapete la misma problemática de siempre: ¿Qué hay de la promoción? ¿Qué hay de la distribución en librerías? ¿Qué de la criba entre un material “publicable” y otro que no lo es?…

Los que defendíamos (y defendemos) esta tesis, hemos visto surgir en Internet todo tipo de iniciativas del tipo edición bajo crowdfunding, iniciativas editoriales como las de Orsai, o la reciente autoedición de las obras del novelista de género negro Andreu Martin en su propia web.

Este último ha lanzado a la red un par de vídeos que sintetizan esta nueva visión de negocio:


Efectivamente, el mundo cambia.

El mundo no cambia:
Este tipo tan sonriente de la foto, que aparece junto al poeta y periodista Alberto Caride (quien, por cierto, acaba de publicar un estupendo poemario, titulado “Narciso despeinado” -buscadlo, compradlo-) es Iván Vergara:

Iván es uno de los promotores de la editorial Ultramarina Cartonera, con quien estuvimos haciendo un curso de publicación cartonera hace un par de semanas. Lo de las editoriales cartoneras es todo un mundo que yo desconocía y cuyas raíces provienen de la necesidad de algunos autores por publicar y la incapacidad económica de hacerlo, en Argentina, tras el llamado “corralito”. Se trata, pues, de ediciones de “guerrilla”.

A Iván se le nota que lo que le gusta son los libros y su trabajo como editor. No pierde la sonrisa ni el humor mientras recorre el país tirando de su propio carro. No lo conozco en profundidad, pero ésas son cosas que saltan a la vista. Iván es mexicano. E Iván ha podido sentir en sus propias carnes lo que cualquier persona fuera de su tierra, cuando agentes de la autoridad lo conducen a la comisaría y le recuerdan su situación de “ilegal”. Él mismo detalla su detención y su proceso de expulsión en su blog. Lo que nadie cuenta aquí es la historia de todos esos españoles que, durante el franquismo, se vieron obligados a huir a su país (México), entre otros. Españoles tan “ilegales” como Luís Cernuda, María Zambrano o Ramón Gaya.

Efectivamente, el mundo no cambia.

Las nubes pasan sobre nuestras cabezas…
…Y, a veces, nos rozan. Es curioso cómo, a veces, los matices nos alegran la existencia.

Conocí la poesía de Jose Daniel Espejo, por medio del blog de Hankover, hace tan solo un par de años. Me sorprendí (aún más gratamente) al descubrir que, pese a ser alicantino de nacimiento, reside en Murcia desde hace tiempo (pero ése sólo es un detalle accesorio para la historia, lo importante era la poesía).

Por aquel entonces, yo pretendía iniciarme en esto de los versos y (entre otros) leía lo que encontraba de él en la Red, con el afán de quien ve emplear las palabras mágicas que a uno le gustaría saber formular. Hacer poesía es un arte que Joseda hace que parezca fácil (aunque no lo es en absoluto). Lo primero que leí de él fue su “Música para ascensores”. Y cuando quise hacerme con algo de su obra en papel, me topé con un muro: Todo agotado en la librería de referencia en Murcia (para la que, en su día, yo trabajé de 9 de la mañana a 9 de la noche).

Ya daba por perdida la oportunidad de poseer en papel algo de este escritor, cuando ayer por la mañana encontré esta sorpresa en el buzón de casa:

Uno no puede más que sentir gratitud ante ciertos matices.

Yo, para expresar gratitud, uso palabras.

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