La “Teoría de la morcilla” y otros aspectos culinarios de la literatura



Puede que alguna vez hayas oído hablar de la Teoría de la Morcilla en literatura. Para los que no la conozcan, la Teoría de la Morcilla sentencia que un buen texto literario debe ser como una morcilla: debe estar bien atado al principio y al final, y lo jugoso debe incluirse en medio.

Así de sencilla y ejemplificadora es esta idea. De modo que, puede afirmarse que toda obra bien atada entre principio y final y con jugo en su parte central es una “morcilla”.

Dándole vueltas a esta idea, he llegado a la conclusión de que el vasto campo de la literatura está necesitado de más acepciones de corte alimenticio, ya que éstas son susceptibles de definir varios de los géneros y tipos de obras existentes.

De modo que me propongo acuñar unas cuantas que listaré a continuación (absteneos críticos y filólogos de emplear ninguna sin mi consentimiento Creative Commons; tal y como andan las cosas con la Ley Sinde, tengo todas las de ganar en una batalla legal por mis derechos sobre las mismas):


– La “cebolla”
: Dícese de aquellos libros lacrimógenos. Aplíquese a toda aquella obra que nos invite al llanto sentimentaloide o a la depresión más profunda. Hay cientos de páginas así, cada una en su estilo, en autores como Danielle Steel, V.C. Andrews y algún libro de Milán Kundera.

– El “picante”: Ya sabes, todas esas historias guarrillas, que antiguamente se leían a escondidas y con una sola mano.
Como en el caso anterior, la lista es amplia y el espectro variado: Dominique Aury, Nabokov, Almudena Grandes, Henry Miller…

– El “púdin”: Esta denominación abarcaría todas aquellas obras bestsellerianas, aptas para el periodo veraniego, que muchos se animan a deglutir por lo edulcorado de sus tramas. También llamadas así porque suelen echarse a temblar ante la cuchara de un crítico. Dan Brown(ie) y Michael Crichton son dos ejemplos facilones de grandes autores de “púdins”.

– La “nocilla”: Dícese de una generación de escritores, inventada por ellos mismos y bautizada de tal forma, a raíz de la aparición de la obra “Nocilla Dream”. Las obras “nocilla” se caracterizan (aunque sigo sin tenerlo demasiado claro) por una ruptura con la estructura clásica, un uso desaforado de la fragmentación y la intercalación de elementos pop con lenguaje html. La viuda de Borges (cómo no) terminó en pleitos contra uno de sus máximos representantes.

– El “chorizo”: Las obras “chorizo” poséen una gran particularidad: Quienes dicen ser sus autores, no lo son en absoluto. Ejemplos representativos de estas obras, podríamos encontrarlos en Ana Rosa Quintana, algunos capítulos de “La Celestina” de Fernando de Rojas y, según cuentan las malas lenguas, ese “Perfume” de Patrick Süskind que, insisto, según algunos, apesta a plagio.

– La “paella”: ¿Existe la literatura para mujeres? Mucha gente opina que no existe tal distinción, pero yo opino que sí. Y, con este juego de palabras tan ocurrente, le aplico el término de literatura “paella”.

– El “esperma de ballena”: Bajo esta denominación se encuentran todas aquellas obras que resultan intragables para un sector del público, mientras que para un selecto grupo son poco menos que una delicatessen. Sí, las obras de Faulkner, entre otros, entrarían a formar parte de este grupo.

-El “bocadillo de atún”: Pim, pam, pum… ¡bocadillo de atún! Aquí se encuadran todos aquellos frutos del talento literario que se resuelven de un modo tan sencillo, pero tan cáustico… Tan deus ex machina, que la primera sensación al acabarlos es la de que te han tangado. Suelen provocar que no vuelvas a dirigirle la palabra a tu librero de confianza.

– La “ensaladilla rusa”: Término que puede ser empleado por todos aquellos que pretenden dárselas de finos, admitiendo en reuniones sociales que han leído a los rusos (Tolstói, Pushkin, Dostoievski, Chéjov…), pero sin tener ni puta idea de quién escribió “Crimen y castigo” y quién “Guerra y paz”.
Con este sencillo término, podremos presumir delante de los amigos cultos sin despeinarnos: Sí, ya sabes, ahora estoy leyendo toda esa “ensaladilla rusa”… Son realmente buenos los comunistas soviéticos estos.

– El “pimiento” (también llamado “comino”): ¿Sabes estos libros que los lees y no vuelves a acordarte de ellos en toda tu vida? No te tocan la más mínima fibra. Eres el mismo antes y después de su lectura. Simplemente, aprecias un lapso de tiempo que ha desaparecido. El término “pimiento” (o “comino”) resume el valor y la importancia que dichos textos tienen para sus lectores.

– El “pimiento de Padrón”: Sin tener un parecido real con la acepción anterior, el “pimiento de Padrón” tiene muchas posibilidades de acabar siendo literatura “pimiento” a secas. El “pimiento de Padrón” es toda aquella obra seleccionada y adquirida con prisas y llevado por el impulso de su maravillosa ilustración de portada. También, es el resultado del daño que “El círculo de lectores” ha originado durante años a los adeptos a las letras. Como bien indica su nombre, un libro “pimiento de Padrón” es una suerte de lotería, con la que corremos el riesgo de picarnos y engancharnos… o no.

– El “pastel de chocolate”: Son esos libros tan tan azucarados… pero tan tan tan azucarados… Tanto, que de darnos un atracón de estos, posiblemente acabemos indigestándonos. Conozco algunos ejemplos, aunque paso de listarlos (se me seca la boca, sólo de pensarlo). En algunos ejemplos de literatura juvenil encontramos grandes “pasteles de chocolate”.

– El “SOS”: Sí, como el arroz. No hay mucho que decir de estas obras, simplemente que por muchos años que transcurran, nunca se pasan. Son aquellos que vulgarmente se conocen como “clásicos”. Si hay que citar uno, sucede como cuando te piden que pienses en una fruta y tú dices “manzana”. Hummm… ¡”El Quijote”!

– El “caldo con pelotas”: Esta acepción debe usarse para referirse a aquellos libros que, mientras los leemos, nos da por pensar cómo su autor tuvo las pelotas de escribir aquello. Los autores bajo el efecto de las drogas proliferan en este sentido. ¿Ejemplos? No sabría decirte, hay de todo: Burroughs, Boris Vian, Houllebecq, el Conde de Lautréamont… o, ya puestos, el “Mein Kampf”.

– El “polvorón”: Piensa en esos libros que te han regalado en ocasiones como navidades, cumpleaños, el día de San Jordi… y que han terminado sus días formando parte del mobiliario, sin que llegues siquiera a catarlos. Tienen en común con los polvorones la cantidad de años y polvo que pueden llegar a acumular en un armario. Todos tenemos algo de literatura “polvorón” en casa, no digas que no…

– Las “habichuelas con chorizo”: Fácil. Considera todas esas obras de las que todo el mundo va “echando pestes”, muchas veces sin haberlas leído. En el espectro de libros “habichuelas con chorizo” están todos aquellos personajes televisivos que insisten en chupar cámara en programas basura y que, a través de su fama, pretenden lucrarse y abrirse un hueco en el mundo de la… ¿literatura?

– El “sandwich de cangrejo empaquetado”: Éste es un caso curioso. Y creo haber determinado tres casos diferentes en que incurrimos en adquirir libros “sandwich de cangrejo empaquetado”: 1) Cuando acudes a la presentación del libro de un colega y no te quedan más narices que comprarlo. 2) Cuando en el instituto te obligan a leer un “sandwich…” para aprobar Lengua y Literatura. 3) Cuando quieres leer algo y únicamente dispones de un título o dos a mano. En cualquier caso, un “sandwich de cangrejo empaquetado” es cualquier libro que adquieres o lees por narices, porque no tienes más opciones. Como cuando tienes hambre y acudes a una máquina expendedora y… ¡Oh, no! ¡Sólo hay sandwichs! ¡Y son de cangrejo! Pues eso.

– El “fuá”: Concluyo el listado de las nuevas acepciones literario-culinarias, con un término ambiguo, aunque rotundo. El “fuá” es aplicable a obras de muy distinto calibre y sólo puede ser designado a la postre de haber leído el libro en cuestión.
“Fuá” es el término apropiado para indicar que, tras la última página de un libro, éste nos ha entusiasmado. O bien, que éste nos ha provocado unas ganas irreprimibles de asesinar al autor. La diferencia estriba en el tono que se aplique al entonar el “fuá”.

Bon appétit!

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2 comentarios en “La “Teoría de la morcilla” y otros aspectos culinarios de la literatura

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