A-ba-ni-bí quiere decir gástatelo



Cupido ha cambiado el arco y las flechas por una ballesta. Teme que, tras la nueva reforma laboral de este gobierno rajoyniano, le den la patada y pueda acabar de alitas en la calle.

De modo, que ha incrementado la agresividad de su método. Ahora, apunta entre ceja y ceja a personas de ambos sexos y les conmina a demostrar su amor, a través de compras impulsivas y estúpidas. “¡Si la quieres, gasta tu dinero!” amenaza el hijo de Afrodita, con pintura de guerra bajo los ojos, a una pareja de adolescentes que se arrullan en un portal.

De no cumplir con sus objetivos, las acciones de Amor S.A. caerán tan en picado como un Ícaro desplumado. Y él, con ellas. El nuevo convenio de empresa relaciona la productividad al sueldo. Si Amor S.A. no supera su previsión de beneficios; si los enamorados no acuden como locos a cualquier tienda a comprar alguna chorrada roja con forma de corazón, Cupido será despedido a causa de un ERE y el departamento de márketing de la empresa comenzará a proclamar a los cuatro vientos que el Amor ha muerto.

Y nadie quiere que eso ocurra… -comenta un ministro en un plató de televisión, apelando al esfuerzo sanvalentinesco del contribuyente-.

Toda esta historia no es más que una mera excusa para poner de manifiesto la incoherencia del 14 de febrero: la vulgarización del amor a un simple acto mercantil.

Llamamos amor a una pulsión; a un impulso emocional por el que nuestro cerebro nos recompensa químicamente. El amor real es desinteresado porque se nutre desde dentro. Es un motor que combustiona expectativas. Es un pinchazo en el estómago, cuando aumenta la distancia entre tú y el objeto amado. Es una fuerza que nos lleva a exponernos, nos somete al ridículo y pone a prueba nuestra paciencia. Porque el amor también es espera. Y el fruto de esa espera.

El amor es un asunto grande. No cabe en El Corte Inglés, ni en este artículo.

¿Te querré más, mañana, si hoy engordas mi cajón de los olvidos con un regalo insulso? No lo creo.

No soy desagradecido, solo escribo lo que pienso. Sé valorar las cosas pequeñas. Prefiero pasar la tarde contigo siendo un bicho raro bajo un capullo de sábanas. Agarrarme a ti como si cayera en picado y fueras mi clavo ardiendo. Escribirte y corregir, escribirte y corregir… Así, las veces que sea necesario… Sea catorce de febrero o veinticinco de abril.

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