Crónica de una piqueta clavada en el asfalto (II)



Me encuentro en una especie de fiesta popular. Aunque, miro a mi alrededor y no encuentro ningún detalle que me permita identificar de qué clase de verbena se trata.
Lo único que sé es que corremos pendiente abajo. Somos bastantes. Como cien o doscientos. Descendemos una calle a gran velocidad. Parece ser que perseguimos algo o a alguien. Ya lo veo: Perseguimos a unos tipos que corren unos metros más adelante. Visten chaqueta y pantalón de pinzas, inmaculados zapatos negros. La corbata les bailotea en la oreja, como la estela de un cometa. Sujetan maletines negros y abultados de los que sobresalen algunos billetes verdes.
Es tan de caricatura… Nosotros les damos caza. Portamos porras en las manos. Porras de plástico negras. Los tenemos al alcance… Y como si se tratara de unos Sanfermines cualquiera, comenzamos a golpear a esos tipos con las porras, como a piñatas. Les arengamos para que sigan corriendo. La gente ríe entusiasmada y hasta los coches aplauden a golpe de claxon… Hay un coche que no deja de pitar…

Un pitido retumba en mi oído.
Abro los ojos y compruebo que ya es de día. Recuerdo que estoy acampado en la calle. Tengo el cuerpo molido, a consecuencia de dormir en el suelo.
Oh, yes, we camp, murmuro para mis adentros.

Oigo pasos tras la lona de la tienda de campaña. ¿Qué ha pasado? ¿Anoche caí dormido en pleno fragor de la batalla, y esta mañana despierto en la cruel realidad de cada día?
Se siente la prisa de la gente de la calle por llegar a ningún lado. Motores tosiendo vapores tóxicos de un lado para otro. Sol. Sobre todo, sol.

Y ganas de echar una meada. Ayer me estuve informando sobre dónde encontrar unos servicios. Salgo de la tienda entre piernas y torsos inertes y, con cara de sueño, tratando de no establecer contacto visual con nadie hasta lavarme la cara, desciendo por la rampa del parking de la Glorieta, con paso de muerto viviente.

Al llegar abajo encuentro a otros cuatro indignados e indignadas haciendo cola para el baño. Mascullo un saludo y responden igual. Todos tenemos el sueño dibujado en la cara en forma de ojeras, ojos achinados, legañas… Consulto el teléfono móvil. Habré dormido cerca de cuatro horas. Entro y me refresco con agua, pretendiendo un milagro. Me calzo las gafas de sol.

Necesito un café en condiciones y un teléfono público desde el que llamar. Estoy sin línea debido a que la última vez que retiré la nómina del banco, para evitar que la caja usara mi dinero para especular con él, olvidé dejar lo suficiente para que la compañía telefónica se cobrase lo suyo. Intentar despegarse de la telaraña financiera resulta ser toda una proeza. Sin duda, lo más fácil es pasar por el aro, dejarse hacer, dejarse toquetear por ese señor alopécico con apellido de recompensa, no pensar demasiado en ello, incluso…

Entro en un bar cercano y pido un con leche. Me hago con un periódico de tirada nacional. Uno que alardea de tener la razón. El ejemplar es de un día antes y resume el movimiento popular de las acampadas bajo el titular de “Boicot a la democracia”. Con dos cojones, claro que sí. No hay nada más antidemocrático que miles de personas en tiendas de campaña reclamando justicia.

Medito en torno a la ironía de los macrofestivales, los macrobotellones y las acampadas que sí son “legales”. Si, medito en torno a los fans de Justin Bieber.
Y, por más que lo pienso, resulta estremecedora la clase de persona “grata” para el Estado: Joven hipotecado, parado o empleado bajo condiciones precarias que, llegado el sábado o la temporada de festivales, puede [y debe] congregarse con más jóvenes en su situación para beber, colocarse y olvidar que fuimos expulsados del Edén por las grandes corporaciones. Los nuevos adanes y las nuevas evas. Y suma y sigue.

¿Cómo no íbamos a estar indignados? Pertenezco a esa generación de jóvenes a los que nuestros padres casi impusieron estudiar una carrera para conseguir algo de la vida. Muchos de ellos no lo hicieron. Así que verse realizados en su prole debía suponer algo así como una tirita para el karma. Ahora, años después, resulta que da igual lo que hayamos estudiado, los másters que tengamos, los idiomas que hablemos o los años que llevemos de prácticas. Somos carne de INEM y, lo más triste de todo, es que es parte de esa misma gente, de la edad de nuestros padres, quienes ahora nos llaman vagos, perroflautas y nos hacen agachar la cabeza por querer alcanzar un futuro que ellos mismos nos vendieron. Ellos, que especularon con el valor de nuestros sueños, nos piden ahora que nos dejemos de fantasías.
Pero no es nuestra fantasía la que tiene que acabar.

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De vuelta al campamento, me dirijo directamente al puesto de prensa. Mis compañeros parecen disfrutar de un plácido sueño, aún en estas condiciones, y he de hacer por entretenerme, mientras tanto. Echo un vistazo a las diferentes portadas, desde las que la izquierda y la derecha se arrojan basura electoral a la cara. Recordemos que es 21 de mayo y que al día siguiente habrá una llovizna de votos.

Algunos acusan a los indignados de ser instrumentos políticos arrojadizos, hippies abstencionistas y antidemocráticos, pro etarras versados en técnicas de kale borroka y algunos auténticos disparates más…
Unas cuantas páginas más adelante se encuentran unas fotografías de la mansión donde será recluido el ex jefazo del FMI, Strauss-Kahn. Otro indignado y yo reímos amargamente, mientras nos preguntamos qué delito hay que cometer para que lo encierren a uno entre tanto lujo. Para conseguir algo así tú tendrías que currar algo más de cuarenta años, me dice, mientras arroja el periódico.

Esa mañana, la plaza de la Glorieta parece haberse convertido en un punto turístico. Cientos de personas transitan por allí, para descubrir por sí mismos en qué consiste aquello de acampar por tus derechos. Según nos comenta una compañera, el punto de Comunicación parece estar desbordado por curiosos que acuden a informarse y se solicita la ayuda de más acampados.

La plaza de la Glorieta, por cierto, ha sido rebautizada, por decisión popular, como “Plaza de la Revolución 15 Mayo”. Lo autentifica un pedazo de cartón con el nombre escrito a mano, fijado con cinta adhesiva sobre la placa oficial. Llama la atención, además, el uso dado a la placa de una entidad bancaria, de la que los indignados han extraído algunas letras ocultas, y donde ahora se lee: aCAMpa. Lo que se dice auténticas artimañas de delincuencia callejera, señora.

21M

Las comisiones, a esta hora, ya funcionan a pleno rendimiento. Puedes comprobar los diferentes grupúsculos repartidos a lo largo de la plaza. En cada uno de ellos, se maquinan pequeñas iniciativas para cambiar el mundo. Son pedradas contra los dioses, sí. Pero hirientes, al fin y al cabo.
Deambulo entre la gente. Todos los acampados están ocupados en algo: la limpieza de la plaza, la preparación del desayuno, proporcionar información a los visitantes, el diseño de carteles…

Algunos de mis compañeros de revolución ya han salido de la tienda y decidimos integrarnos en alguna actividad, para empezar. Y la redacción de consignas revolucionarias parece algo sencillo y al alcance de la mano. Tomamos pincel y pintura y tiramos de ingenio: “Esto ya no nos hace demogracia”, escribimos. Un intento de literatura revolucionaria. De lejos, admiro una pancarta en condiciones, en la que puede leerse un verso de un conocido grupo de rap español: “¿Te di permiso para fabricar bombas con mis impuestos? ¡No! Pues entonces no lo llames democracia.”

De repente, un aluvión de bocinazos emerge del asfalto. Nos acercamos movidos por la curiosidad y nos encontramos con un indignado que sostiene un cartel en el que se lee: “Si estás harto, pita”.

Mediodía 20/05/2011

El joven le pone auténtica pasión a su tarea. Aprovecha los semáforos en rojo para colocarse frente a los vehículos. Llama a las ventanillas e invita a la gente a tirar de claxon. Agita su cartel bien alto, saltando de un lado para otro como un conejo, de tal modo que la avenida se convierte enseguida en toda una filarmónica a motor. Los presentes parecen disfrutar del arrebato pasional del indignado y de los pitidos que secundan su indignación. Hay un par de agentes de la policía local junto a nosotros, a quienes se les escapa una sonrisilla de complicidad; y un tipo a mi lado, eufórico, comenta que no puede creerse lo que está pasando. Una gran energía liberalizadora fluye en esos momentos por todo el campamento.

En petit comité decidimos hacer nuestra pequeña aportación a la acampada: una estantería metálica, que la noche anterior cargamos junto al resto del equipaje.
La estantería está desmontada en piezas y cuatro hombres parecen más que suficientes para traerlas desde el coche. De camino, se nos acerca un tipo y nos pregunta si somos los nazis que han tomado la plaza. Pasamos de él y vamos corriendo a buscar nuestras esvásticas [cuanto daño ha hecho Intereconomía al mundo].

Y es, precisamente, durante el montaje de la estantería, cuando consigo comprender el alcance de todo esto. No es algo complicado. Tornillos, tuercas y agujeros. Si uno se lo propone, resulta tan sencillo como limpiar un país de corruptos. Se nos acerca un señor mayor, que se dice versado en estas artes, y nos da útiles consejos. Más tarde, de hecho, coge el destornillador con destreza y comienza a armar el estante. Y me da por pensar que la estantería es lo de menos. La estantería sólo actúa a modo de metáfora de la realidad, de la que todos queremos participar. Todos queremos construir esa estantería que sostendrá nuestro futuro. Por eso estamos ahí.

Dos semanas después de aquello, los tornillos siguen entrando, las tuercas siguen girando y las patas de esta estantería comienzan a adquirir cierta estabilidad. Todo gracias a la voluntad de jóvenes, mayores, parados, amas de casa y muchos otros antisistema con un destornillador en la mano. Supongo que, también, debido al apoyo de otros grandes mecánicos como Galeano, Punset o Sampedro.

El objetivo, como poco, será el de armar una estructura sólida, igualitaria, de la que podamos servirnos y en la que quepamos todos.

El resto, como sabéis, ya es Historia.

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