Crónica de una piqueta clavada en el asfalto (I)



20 de Mayo de 2011. Todo el territorio español está ocupado por corruptos… ¿Todo? ¡No! Varios campamentos, repartidos por toda la geografía nacional, y poblados por irreductibles indignados, resisten todavía y siempre al invasor.

Es viernes noche. El primer viernes desde que los indignados decidieran tomar las plazas de alrededor de unas sesenta ciudades españolas. Rozan las dos de la madrugada, y yo, en compañía de otros tres tipos de dudosa catadura moral [siempre según los estándares establecidos], ultimamos los preparativos para la que será su segunda y mi primera noche de acampada en la plaza de la Glorieta [i.e. sede del ayuntamiento de Murcia]

En el maletero ya no cabe un alfiler: Tiendas Quechua, mantas, seis o siete garrafas de agua mineral, una plancha para la cocina (con alguna costra de grasa que otra), una estantería metálica desmontada en piezas y una selección de títulos revolucionarios para la ocasión: Thoreau, Trotski, Marx, Chomski… Al verlos coronando la pirámide del maletero, me da por pensar que a más de uno se le revolvería el estómago de encontrarse entre tal popurrí de textos de esta calaña. A nosotros no. Ya sabe, señora, somos jóvenes. No le hacemos ascos a nada.

Y no sé si esto tendrá algo que ver con eso que llaman amplitud de miras, pero mientras rodábamos por la autovía nocturna y solitaria a cientodiez por hora, uno podía sentir que iba al encuentro de algo grande. Mucho más grande que el individuo, el beneficio, la competitividad, el capitalismo, el neoliberalismo y las agresivas Ley del más fuerte y Ley de la jungla bajo las que nos educaron a ti y a mí.
Algo tan grande, como la parte del iceberg que queda bajo el agua.

Mientras tomamos la salida de Ronda Norte, calibro que la noche no dará demasiado de sí. Los dígitos del salpicadero marcan las dos treinta y ocho…
Sin embargo, no puedo estar más equivocado y, al llegar a la altura de la Glorieta, los ojos se me abren como platos: La plaza está viva. Como muestra, el latido de cientos de personas que pululan por la zona. Tambores, guitarras, voces, pancartas, focos… La calle es ahora de la gente de a pie. Y la noche, como suele decirse, es joven. Como si de pronto se hubiera levantado un toque de queda imaginario y los habitantes de esta ciudad se apresuraran a vivir la noche, como nunca lo habían hecho.

Dejamos el coche en Teniente Flomesta. Encontramos una plaza de aparcamiento huérfana, que parecía esperar nuestra llegada, junto a un vehículo que luce un cartel en DIN A4 y que anuncia que la revolución ha comenzado. Desde luego, el panorama es alentador. Algo bailotea en el bajo vientre y nosotros cuatro [dos de ellos ataviados con sombreros de copa con ojos de fieltro, y un tercero con el brazo en cabestrillo] parecemos una suerte de Merry Pranksters cargados con utilería de acampada, dispuestos a hacernos notar. Dangerous freaks, que suena mejor que perroflautas, dónde va a parar…

Aquella misma mañana, yo había estado de paso por el campamento. Aunque éste se encontraba casi vacío, debido a que la mayoría de los indignados estaba protestando por estos lares:

Por la tarde, había asistido a la asamblea popular. Y eso sí que había impulsado mi decisión de unirme y ser un acampado más. No por lo que, desde allí, se exigía [para lo que era imprescindible estar presente y no enterarse por los medios].

En realidad, lo que me llevó a integrarme en este contexto fue una impresión. La impresión de que esta gente se tomaba en serio su poder. La impresión de que tenían la sartén por el mango. La impresión de que, a todos los que habían convencido de su propia incapacidad, situándolos al final de una interminable lista de parados o poniéndolos de patitas en la calle a los cincuenta, habían reaccionado y habían descubierto, a través de dicho movimiento, que no eran inválidos de espíritu, que podían hacer mucho por el resto. Si les dejaban.

Y yo quería respirar eso mientras pudiera. Estaba seguro de que cuantos más creyésemos en esa capacidad para cambiar las cosas, más efectiva se haría esta fuerza.

Las proclamas, los aplausos mudos y sonoros, y el clamor de la masa en la asamblea, habían dejado paso ahora a la fiesta. La celebración de una victoria anticipada. No sabría decir qué celebrábamos quienes permanecíamos por allí de madrugada. Creo que nadie sabría responder a eso. Pero, el ambiente era entusiasta. Se veía en la forma de caminar de la gente. Las sonrisas y las arrugas que éstas forman en la cara. El compadreo. La forma en que entablábamos conversaciones entre extraños de una forma tremendamente natural.

Aunque tampoco sería del todo cierto, decir que allí todos festejaban. Las [entonces en pañales] comisiones de acción y comunicación reunían a decenas de personas en corrillos, en los que debatían los siguientes pasos a dar. Los mirones como nosotros picoteaban aquí y allá. Se acercaban a un grupo para ver qué pasaba y sólo se quedaban si les interesaba lo que escuchaban. Aunque, por lo general el ambiente era distendido. Y se respiraba una libertad tan extraña, que hacía daño a su paso por la garganta.

Rondando las cuatro y media de la madrugada el pandemónium parece relajarse. Parte de nuestro equipo viene de asaltar una máquina de refrescos cercana, en busca de Red Bull de marca blanca. Una especie de líquido verde radiactivo, que asegura tenerte en pie toda la noche. Todo sea por respetar la norma de No alcohol.

Una pareja de policías resuelve sudokus y bosteza en el interior de un furgón apostado frente a la catedral. Nosotros regresamos discretamente al epicentro del asunto.

Destacan entre la multitud un grupo de personas en traje de chaqueta, y reconozco entre sus filas a un antiguo profesor de la universidad. Ellos también picotean de aquí y de allá. No me sorprende que estén por aquí, pero sí las horas en que lo hacen. Aunque, eso refuerza la sensación de ser un evento atípico. A los pocos días seríamos portada en el extranjero, pero eso aún no lo sabíamos.

Gradualmente, va descendiendo el volumen de la música y de las conversaciones. Capto con pinzas varios animados diálogos sobre política. Casi todo el mundo allí habla de política. Es el factor común. El motivo por el que acampar. Mucha gente, inmersa en el calor de los sacos de dormir, se reúne para charlar en círculos íntimos. Nosotros hacemos lo propio y buscamos un rincón donde desplegar las tiendas, cuando el reloj sobrevuela las cinco.

Alguien se acerca a nuestro grupo para advertirnos de las últimas noticias: Al parecer, la policía ha disuelto las acampadas de Alcoy y Cartagena. No sabemos si la información es cierta o no, pero el rumor nos inocula cierto nerviosismo. ¿Les ordenarán desalojarnos al amanecer? Mierda. Miro al cielo y veo que los primeros rayos de sol ya amenazan tras los edificios. La figura en penumbras del Cardenal Belluga con banderolas colgando de su cuello parece juzgarme desde su pedestal. Decido que ya es hora de dormir y dejo a los dos últimos, que aún resisten, hablando de sus cosas. Me tumbo sobre el pavimento y cierro los ojos.

Un estruendo se cuela en mis sueños. Me había parecido escuchar las revoluciones de un coche que se acercaba a lo largo del río. Sonaba a motor de los grandes. El coche parece haberse estrellado con algo cerca de la plaza donde nos encontramos. Se escuchan algunas voces de acampados a los que el golpe ha puesto en alerta. Volvemos a oír el motor y, antes de que nos demos cuenta, quien quiera que sea escapa del lugar chillando ruedas. Después, se oyen sirenas que corren tras él.

Yo doy vueltas en el saco. Trato de dormirme y, para ello, intento recordar el motivo por el que estoy durmiendo en plena calle. Cada día que pasa, los medios tratan de convencerte de que tu mundo va a peor: Impuestos, recortes, ajustes, EREs, guerras, epidemias, catástrofes nucleares, crisis… Y lo más curioso es que esa información se vierte como si nada. Como el que anuncia que va a llover. Sin responsables, o lo que es lo mismo: sin delito.

Si un grupo de ciudadanos decide rebelarse contra todo eso y dar una palmada en la mesa, yo lo aplaudo. Y si la iniciativa hubiera ido de montar un concurso de lanzamiento de hueso de oliva frente al ayuntamiento, ahí me habríais tenido lanzando escupitajos con hueso contra la puerta del consistorio [o al menos, seguro que me acercaría por allí a verlo].
Si quieren ver una actitud antisocial o antisistema, o antiloquesea en mis palabras, quéjense a mi antiguo profesor de Historia del instituto, por contarnos historias en las que el pueblo se rebelaba contra el Estado y contra sus injusticias. La del Cantón de Cartagena, por ejemplo…

Estoy ahí porque creo que la ciudadanía también es un grupo de presión. Estoy ahí para equilibrar fuerzas. Estoy ahí porque alguien tiene que estar. Y no vas a ser tú. ¿O sí?
Estoy ahí, para comprobar en mis propias carnes lo incómodo que es estar indignado.

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