Apología del silencio



Necesito silencio. Para crear. Silencio.

Necesito dejar de oír cómo te mueves a mi espalda, el contacto de la goma de la suela de tus zapatos contra el suelo. Necesito que cese ya.

Ni una tos, ni un estornudo, ni un susurro, ni una pregunta. Necesito que te calles de una vez.

No puedo crear sin silencio, maldita sea.

Y no es que necesite que hagas como si no estuvieras aquí. Necesito que no estés aquí. Necesito estar solo, rodeado de nada. Apartar la vista de la pantalla y no ver nada a mi alrededor más que un inmaculado y apacible y luminoso silencio. Un vacío sin forma ni color.
Mirar por la ventana de mi cuarto y no ver nada. Nada en absoluto. Inmovilidad perpetua. Naturaleza muerta. Encender el televisor, la radio, entrar en internet y que reine el más incómodo, ilógico y antinatural silencio. La sinfonía más bella jamás compuesta: Un pentagrama en blanco titulado Silencio.

En el universo debía reinar el silencio más puro, jamás escuchado, antes del Big Bang. De otro modo, no habría sido posible la Creación. Y después de eso, todo fue caos y cosmos y agujeros negros en forma de desagües succionando la luz y la materia y la energía y, tal vez, algún tipo de forma de vida desconocida evolucionando y haciendo ruido e incordiando.
El silencio es lo que precede a todo acto de creación.

Un fantasmagórico y gélido y mortuorio silencio.

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