Nada enterrará a la poesía

“Las armas que más brillan en mis manos [poesía y teatro] y con ellas tengo que transformar la vida”

(Miguel Hernández, 1910-1942)

Éste es el año de los homenajes a Miguel Hernández. Tal es el caso del homenaje que el colectivo murciano Iletrados celebró hace poco en San Javier, de la exposición “La sombra vencida” que acoge el Centro de Congresos de Elche o el número especial de la revista Ágora dedicado a este poeta.

Aunque yo ya vengo homenajeando al bueno de Miguel desde mi niñez… Ya entonces usaba su nombre (-Miguel Hernández-), tan aséptico como significativo cuando requerían que me identificara y no tenía ganas de hacerlo (Bien porque no me apetecía o bien por ahorrarme la consabida explicación etimológica de mi verdadero nombre, pfff…)

Miguel Hernández nació en Orihuela-Albacete. Nace humilde. Nace pastor. Y a los 15 años deja sus estudios para dedicarse íntegramente al negocio familiar, por orden explícita de su padre. Pero Miguel es un poeta en ciernes, y alterna las largas estancias en el monte con la lectura y la escritura de poemas.

Descubre a los grandes maestros. Forma un grupo de aficionados a la literatura. Viaja a Madrid a buscar trabajo. Y tras tantas horas dedicadas al verso, a la música en palabras, tras tantas amistades trabadas con punteros de la cultura de la época (Aleixandre, Neruda…) el rayo que vive en sus entrañas comienza a refulgir y a sacudir el cielo sin parar.

Conoce el amor. Comprende y acepta sus deberes sociales. Decide sostener a la vez el rifle y la pluma, cada una en una mano. Hasta chocar con una realidad histórica inevitable…

En abril de 1939 concluye la guerra y la publicación de “El hombre acecha”, una de sus últimas obras, es inminente. Pero una comisión censora de la dictadura ordena la destrucción total de dicha edición. Para el censor Joaquín Entrambasaguas, ese libro no habrá de ver la luz jamás.

El 28 de marzo de 1942, Miguel muere en prisión. Según cuentan, murió con los ojos abiertos.

En 1981, una vez enterrado el poeta y el régimen que le dio muerte, se reedita “El hombre acecha” a partir de dos ejemplares que se salvaron de la quema. El poeta nunca lo habría imaginado.

El censor tampoco, pero éste sí sobrevivió para verlo. Ironías de la vida. Joaquín Entrambasaguas murió en 1995.

La poesía de Miguel le pasó por encima. A él y a tantos otros.

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