Friday again


Hoy es viernes, viernes desidioso. Unos treinta y ocho grados corretean por las calles entre los coches, las motocicletas y los autobuses de línea. Si miras al horizonte, puedes ver cómo la realidad deja de ser estática y se vuelve de un material maleable, vaporoso.

Es viernes y como cada tarde estoy trasegando café con el iceberg que hundió al Titanic flotando en el vaso, en la terraza del bar de al lado. Como cada tarde, dispongo de una media hora para el ritual del café en soledad. Jornada de reflexión, palomas sobrevolando peligrosamente las cabezas, cielos despejados, la sombra de un buen toldo, hombres con barba, piernas de mujer…

Es viernes y la camarera está harta. Resopla a mi lado y dice para sí que no puede más. Pregunto por simpatizar y me cuenta que ella sola ha montado la terraza y que ella sola la ha de desmontar, que está perdiendo peso, que se mira al espejo y se ve desmejorada, que pesaba 45 kilos y que ya debe rondar los 42, que se va a pedir una baja por depresión para tirarse en la cama e hincharse a comer chocolate, a ver si engorda… Yo asiento con la cabeza y sonrío. Me gusta que las camareras se tomen ese tipo de confianzas. Bastante soportan ya. No está de más permitirles que abran la tapa de la olla a presión de vez en cuando. La observo cuando se da la vuelta, de regreso al interior del bar. Tiene razón, ha debido perder peso.

Es viernes y saco al viejo Buk de la mochila para que le dé el fresco. Yo soy así, siempre voy a tiro fijo. Si no tengo nada que leer o necesito que me suban la moral, releo al bueno de Hank. Parece ser que hoy juega España y que ha habido un tremendo accidente en una estación de trenes. Leo ese par de titulares, al revés, en un periódico gratuito que alguien dejó olvidado sobre la mesa. No me molesto en saber más, no me interesan los futbolistas, ni los muertos. Ni los futbolistas muertos. Las palomas siguen sobrevolando la terraza. Una desciende a tierra para picotear algo cerca mia. Tiene el plumaje de un negro brillante y sus ojos inquisitivos me observan. Igual que yo la observo a ella.

Hoy es viernes y nada es atípico. Las estudiantes en minifalda cotillean y critican a otras estudiantes en minifalda, hay un grupo de guiris que se está poniendo las botas a base de patatas grasientas, pescado y cerveza. Una pareja de poppies con grandes gafas de sol pasea a un perro color canela. El perro tira de la cadena haciendo que su dueño acelere el paso. El perro ladra a la paloma. La paloma aletea y emprende el vuelo. Se va sin despedirse, la hija de puta.

Hoy es viernes y un hombre de unos 50 años, encorvado, con la mirada desvaída pasa detrás mia y se detiene:

-Oye chico, ¿tienes un cigarro?
-De liar.
-Bueno, se fuma igual.

El tipo toma asiento a mi vera y empieza a balbucear algo sobre una camarera. Está borracho, es evidente. Yo le ofrezco papel y tabaco y él comienza a rular mientras su cabeza se bambolea de un lado para otro. De repente comienza a gritar:

-¡Esa camarera! Yo le he dicho… yo le he dicho… ¡Ponme un quinto! Y ella, son uno veinte… Y yo… sólo llevo un euro… ¡Y no veas cómo se ha puesto! ¡Será…!
-Eh, eh, no digas eso, es buena chica.
-Es buena chica, es buena chica… Sí, tienes razón, es buena chica…

De repente, junta los dedos de su mano derecha en una trompetilla que se lleva a la boca, me mira y se pedorrea. No puedo evitar la carcajada.

-¿¡Qué va a ser buena chica!?, -insiste-, esa lo que es… es una…
-Eeeeh… Déjalo ya, hombre.

Echo un vistazo alrededor y veo que la gente nos observa. Las estudiantes permanecen calladas y miran de reojo. De igual modo los guiris y hasta los modernitos del perro. Que les den, -pienso-. Este tipo está montando una escena, pero me ha caído bien, la verdad. El problema es el miedo, me digo. El de la gente, ante que un completo desconocido, borracho, se siente en tu mesa, sin pedir permiso. El de la camarera ante la pinta de este pobre hombre. Y el de él ante la cara y la actitud hostil de ella. Si eliminas el miedo, no queda nada.

-Oye, -me dice, una vez que se ha calmado un poco-, me lo puedes liar tú… Yo voy ciego y no atino.
-Claro, hombre.

Le enrollo el cigarro y se lo ofrezco. Busco el mechero, pero para eso sí ha sido rápido y ya le ha prendido fuego, antes de darme cuenta.

-En fin, -comenta el tipo, entre suspiros-, otro día más…
-Sí… -asiento, observando el mismo paisaje de todos los días-. Otro viernes…

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3 comentarios en “Friday again

  1. He disfrutado como una enana este post, vaya los difruto todos , pero éste me ha conmovido especialmente. Cuando veo mendigos, sin techo, borrachos, pedigüeños, siempre me pregunto ¿qué ha sido de tu vida? ¿cómo has venido a parar aquíI?, y pienso que podría ser yo la tirada en la calle, que supongo que no hay tanta diferencia, sólo el espacio infiinito que todo lo llena, EL AMOR. Tienes razón sobre lo que dices del miedo, y esa foto del cortado-café está invitando a tomarse un respiro. Bienvenido sea cada día, bienvenido. Un beso y feliz fin de semana.

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