Rendibudeando II (Crónica ebria de un fallo literario)



Y llegó la esperada noche de la gala.

La lluvia llevaba asediando las calles durante toda la tarde, con un descenso parsimonioso, tal como si llevara haciéndolo toda la vida. Los bajos de mis pantalones calados, mi ropa salpicada por oscuras motas y el agua escurriéndose por mi cuello y mi frente. Yo, refugiado bajo un balcón, esperando al coche de mi acompañante que, por supuesto, llegaba tarde. Y mientras, las tripas negras de los nimbos rugiendo, rugiendo como mis propios intestinos hambrientos a la hora de salir del trabajo.

El cielo se abrió en dos al llegar al auditorio y unos tardíos rayos de sol cayeron sobre los presentes. Presentes de sonrisas nerviosas, presentes que ríen alto, presentes de gala, de gafas de pasta, de amplios escotes triangulares y de negro generalizado, como de funeral. Y fotógrafos que disparan al aire. Y staffmen corriendo de aquí para allá. Todos con cara y caretas de oso bajo el brazo: apropiada (aunque innecesaria) máscara para hacernos a todos iguales.

Se consume mi tabaco de liar mientras la organización incumple los horarios. Y cuando por fin se abren las puertas, nos dirigimos en manada al mostrador donde varias señoritas de inmaculado cutis, blancas sonrisas y horas de peluquería encima nos proporcionan una suerte de aparatejo negro con auriculares al que no sabría darle una utilidad hasta un rato después. Pero nadie pregunta y yo tampoco. Nadie quiere parecer ignorante y todo el mundo entrega su deneí a cambio del artefacto. Si hubieran ofrecido un arma a cambio de nuestras señas de identidad, supongo que tampoco nos lo habríamos cuestionado. Es un evento cultural. Todo cobrará sentido a su debido tiempo, me digo.

Ya en el interior de la sala, respiro aliviado al comprobar que hay una barra donde sirven refrescos gratis. La mayor parte de la gente se agolpa sobre ella, mientras que los más precoces o los más despistados recorren los pasillos observando las obras expuestas. Yo decido aplacar el hambre con cerveza y me convierto en otro amante de la cultura que chista a las camareras para exigir bebida. Bendito zumo de cebada, tú afinarás mi percepción para saborear los entresijos del arte.

Cuando los vasos ya están llenos da comienzo el ritual. La gente se esparce por toda la sala como en una colonia de hormigas. Echo un vistazo a las muestras de videoarte, al resultar las piezas más llamativas de la exposición. Numerosas imágenes incongruentes se instalan en mi retina y, al cabo de un rato, llegamos a la conclusión de que el aparatejo negro y los auriculares sirven como soporte sonoro para los vídeos expuestos. Me detengo ante una secuencia de Superman que se repite indefinidamente y en la que, debido a su expresión facial, parece sugerirse que el bueno de Christopher Reeve está excitado sexualmente. Considero seriamente si debo usar los auriculares y resolver mi curiosidad ante semejante jeroglífico visual, pero decido permanecer en la ignorancia y salvaguardar mi infancia y mi salud mental. Mientras tanto, ya voy por la segunda cerveza.

El ambiente resulta grato y acogedor en un extraño sentido. Descubro la zona donde se exponen los relatos finalistas y, orgulloso, me sitúo frente a mi obra, dispuesto a masturbarme el ego. Lo hago también con la esperanza de que, movido por la curiosidad, alguien se anime a leerlo, pero escucho el comentario de una persona que dice a mis espaldas: Con tanta cerveza encima, ahora no tengo ganas de ponerme a leer. Y he de darle la razón. Entonces, vayamos todos a ver al cachondo de Superman, pienso.

Curiosa muestra de pretendidas, pero malogradas intenciones. En estos momentos, esta gala, esta entrega de premios que ya se posterga demasiado, se me revela como otro intento de sostener la fantasía de la transgresión artística. Pero, ¿qué es lo que hemos de transgredir? ¿Y hasta dónde? Vuelvo a la barra a pedir auxilio, pero la camarera no me escucha y se limita a rellenarme el vaso de espumosa cerveza ámbar. Me resigno y continúo danzando.

Pasadas ya dos horas de la apertura de puertas, los camareros comienzan a repartir unas sospechosas cajas de cartón que, deduzco contienen comida. En este punto, los presentes de sonrisa nerviosa, de gafas de pasta, de negro generalizado y de amplios escotes, olvidan para lo que se han congregado aquí y se lanzan a una batalla campal por conseguir víveres. Los modales de primera hora quedaron muy atrás, en la quinta cerveza y en el gemido mudo de Superman. Como uno más, me introduzco en la muchedumbre gritando: ¡Dame dos! ¡Dame dos! Ya sí que resultan totalmente innecesarias las caretas de oso. Somos osos, peleando por la comida. Nunca más artistas. Lo de ser artista es una impostura que se pierde al padecer hambre, sed o frío.

El paso siguiente es comer en el suelo. Me agrada una actitud tan natural. Pero la elegancia del personal contrasta seriamente con las formas. El súmmum se da en mi mente, cuando imagino a nuestros vecinos, a cuatro patas, devorando el contenido de la caja de cartón directamente del suelo y gruñendo y rompiendo la caja en mil pedazos cuando el alimento se agota.

Gran parte de la comida, aunque fría, es bastante comestible. Y, una vez que damos por terminada la cena, decidimos salir fuera a fumar. Hace casi tres horas que dio comienzo el evento y aún no sabemos nada de los ganadores. Afuera se reparten ahora cientos de personas, un pequeño atisbo de lo que supondrá la ley antitabaco.

De vuelta a la sala, la entrega de premios ya ha dado comienzo. Se están entregando los galardones de relato corto y yo no estoy sobre el escenario, eso es evidente. Por un momento, me embarga la aprensión, pero consigo frenar mis emociones a tiempo. Como diría Hunter Thompson: Calma, aprende a gozar perdiendo.

Al fin y al cabo, los ganadores son, al igual que yo, sólo otro par de luchadores de boxeo con cristales dentro de los guantes. Sólo otro par de nadadores intentando mantenerse a flote en un denso río de fango. Es ilógico sentir rencor hacia el soldado del ejército enemigo.

Apuro los últimos suspiros de mi copa e insto a mi acompañante a marcharnos.

Pasamos por recepción a hacer entrega de los artefactos negros con auriculares para que, a cambio, nos devuelvan el trozo de plástico que nos identifica como personas vivas. Algo se le cae de las manos a una de las chicas del mostrador y, al agacharse a recogerlo, nos ofrece una generosa vista de su tanga rosa de hilo dental . No puedo evitar esgrimir una sonrisa para  reírme del mundo, de los fallos literarios y de mi propia suerte.

Vuelvo feliz a casa.

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2 comentarios en “Rendibudeando II (Crónica ebria de un fallo literario)

  1. Bueno, fue una entrega muy original, leyéndote parece que he estado “in person”, y que hasta yo he comido en el suelo la preciada caja semi-desmontada por los que allí se aglutinaban…gracias por compartirlo con nosotros. El tanga rosa, no sé , es más sexy el negro ¿no?
    Un besito y ya sabes que para mi eres ganador.

  2. Gracias Bluess, en realidad no creo haber perdido un premio, sino haber ganado un relato.
    Y lo del tanga… jaja, no fue un gesto erótico, más bien una burla del destino.
    Besos.

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