Hazlo desde tu puto corazón

Decía el gran humorista y sardónico levantador de ampollas Bill Hicks que los músicos de rock podían ser unos drogadictos, gente de mala calaña, una pésima influencia para la juventud, o quizá los representantes de la música del diablo, pero que al menos hacían música desde el fondo de su puto corazón.

Cuanta razón tenía este tipo. Si asistes a un concierto (da igual el género, siempre y cuando sea música lo que suene y no un bucle de ritmos repetitivos y primigenios para los cuales sí que haría falta ir drogado hasta las cejas), insisto, si asistes a un concierto y ves gente saltar, bailar y corear las canciones que han compuesto quienes están sobre el escenario, podrás darte cuenta de que la gran masa que se mueve adrenalínicamente al unísono lo hace envuelta por el producto de unos cuantos corazones en marcha. La música tiene ese efecto: recurre a esa parte de ti que es libre, salvaje, instintiva y la hace bombear a pulsaciones aceleradas. Tenemos esa cualidad innata: Esa pequeña porción de tu corazón que aún no está podrida por las imposiciones sociales reconoce la belleza en otros corazones y se siente estimulada.

No hay por qué delimitar este efecto al caso de los músicos. Cualquiera puede inspirar un sentimiento parecido. Ocurre igual con las obras de escritores, cineastas, pintores, actores, poetas, fotógrafos, arquitectos… Ocurre igual cuando alguien que conoces dice algo con franqueza y sinceridad abrumadora, o cuando tu madre te sorprende porque  ha puesto todo su amor y su empeño en hacer una puta tarta de galletas. Algo se remueve en aquella zona de la que sólo nos acordamos cuando tenemos un retorcimiento de tripas, o cuando la angustia derivada de un arduo sufrimiento nos lleva a recubrirnos las entrañas con los brazos, mientras imploramos al cielo que aquello cese de una vez.

Salgo a la calle y los veo. No son músicos, ni poetas, ni arquitectos: son personas normales como tú y como yo que van a trabajar, a cumplir con un horario, al banco a pelearse por un crédito, a la compra a sortear las embestidas de una crisis comprando productos de marca blanca, a llevar al colegio a su hijo, del que se despiden con un beso en la mejilla y en quien depositan la esperanza de su propia felicidad.

Hombres y mujeres máquina. Hombres y mujeres que, ante la falta de opciones, se decantan por la derecha o por la izquierda, por el Madrid o por el Barça, por la cristiandad o por el ateísmo, y que se adhieren a esas cosas y las defienden a ultranza como si las hubieran inventado ellos. Hombres y mujeres que “descansan” anclándose frente a los cientoypico canales de su TDT a vivir vidas ajenas, a echar la culpa de sus males a quienes visten de corbata y cobran sueldos con dos ceros más que ellos. Hombres y mujeres que echan un vistazo a la calle desde sus oficinas y ven que el sol ilumina las aceras, que los perros corretean libres por las mismas y que los niños ríen y juegan despreocupados, y entonces piensan que se han quedado atrapados en el lado equivocado. Y que ya no hay marcha atrás.

Hombres y mujeres que no temen a la muerte. Porque de no ser así dedicarían una porción de su tiempo a escucharse a ellos mismos, a preguntarse qué quieren hacer con su vida, qué cosas pueden cambiar. Y una vez que lo supieran, levantarían el culo del sofá y se pondrían manos a la obra. Porque mañana puedes no estar aquí. Sólo por eso.

Hombres y mujeres que podrían leer estas líneas y pensar ¿Quién eres tú para darme consejos de cómo tengo que vivir mi vida, maldito veinteañero cínico de mierda, que aún no sabes lo que es sacar adelante una familia y que sueltas paridas como ésta en un triste blog que ni va de literatura ni de nada en concreto?

Yo te lo diré: Soy tu dolor de tripas si te ves reflejado en lo escrito, soy tu sonrisa si piensas como yo y soy alguien que inició la misma senda y que una vez que miró atrás no se sintió ni feliz, ni realizado.

Soy quien hoy te dice que no hace falta que escribas, ni pintes, ni compongas canciones. Soy quien te dice que sólo hace falta que vivas el tiempo que te queda desde TU PUTO CORAZÓN. Y así cuando eches la vista atrás podrás hacer como el dios bíblico en el séptimo día: rascarte los cojones y decirte a ti mismo que lo que hiciste estuvo bien hecho.

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