La petite mort

Entre aquellas cuatro paredes, se había manifestado el deseo apremiante y la pasión desinhibida con tanta intensidad que, por un momento, él creyó haberse quedado solo.

Una vez hubo recuperado el aliento, buscó sus ojos, los de ella. Abiertos, aunque estáticos, inertes, carentes del titilar propio de una pupila viva.

Se fijó en la relajación de sus músculos y en la extraña forma en que el brazo de ella colgaba por uno de los laterales de la cama, como las articulaciones de un títere viejo y manido.

Se fijó en su respiración, el único indicio que le proporcionara pistas. Un leve hálito que, por el agudo sonido que producía, le recordó al de los últimos estertores de un fuelle carcomido y con fugas de aire.

Se fijó en el sudor desprendido por sus cuerpos y plasmado ahora sobre las sábanas, a modo de rúbrica amorosa. Pensó en el parecido con aquellos dibujos de tiza sobre el asfalto, que tratan de recrear un crimen a partir de la posición del cadáver. Nunca había considerado el amor físico como un crimen.

Echó un vistazo, luego, a su alrededor. Por el cuarto se hallaban repartidos algunos caballetes con lienzos en blanco o con esbozos inacabados, estanterías sin armar, hojas de bloc con fugaces pensamientos escritos con urgencia y un par de botellas de vino, abiertas y sin etiqueta.

Intentó reconstruir los hechos, poner en orden sus pensamientos. Pensó que eso es lo que haría cualquiera en una situación como aquella. Pero el sopor producido por el alcohol y la marihuana no se lo ponía nada fácil. Sentado al borde de la cama, recordó haberle hablado de su miedo a la muerte. Recordó también haber descubierto, sobre su piel desnuda, una constelación de lunares a la que bautizó con su nombre. De ese modo estarían unidos para siempre.

Lo último que recordaba era a él mismo, entregándose con pasión al acto amoroso, con el ánimo de trascender, de abandonar su cuerpo para acceder hasta ella y alcanzar a acariciarle el alma. Mientras, -según recordaba-, la sonata para muelles que ambos habían interpretado llegaba a su momento cumbre.

A qué mujer pertenecía ese cuerpo, de dónde había salido o cómo había ido a parar hasta su cama eran preguntas que, en este momento, carecían de sentido.

Le libró de su ensimismamiento un pequeño temblor sobre su cama y un suspiro. Volvió su mirada, sintiéndose aliviado, y se encontró con los ojos de ella que esculpían dos largas lágrimas. Él fue a decir algo, pero enseguida comprendió que aquel fluído que hollaba sus mejillas no era un canto a la tristeza, sino todo lo contrario.

¿Sabes?, –dijo ella, con voz entrecortada-, por un momento he creído estar allí de donde la gente no regresa nunca.

Él irguió la postura y tragó saliva.

¿Y sabes qué es lo mejor?, -continuó ella.

¿Qué?

…Que allí no hay nada.

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2 comentarios en “La petite mort

  1. Parafraseando a quien, para mi gusto, es uno de esos poetas que no gozan de reconocimiento pero sí de gran calidad literaria, como es el murciano Antonio Soto, te diré:

    “Me preguntas qué es la vida: Morir sin pausa, Paula, morir sin pausa”.

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