¿Quién es el protagonista?

Tras husmear en el contenido de El arte de la ficción de John Gardner, un interesante, aunque a veces tedioso y repetitivo manual de lo que no se debe hacer a la hora de escribir ficción, estuve dándole vueltas al tema de cómo crear una realidad (ficticia, obviamente) para un determinado personaje, lo más ajustada al mundo real.

En el libro se describe la forma en que hay que trenzar la trama, de modo que todo aquello que lleve a cabo el personaje principal posea una justificación, que todos los cabos queden atados. Pero eso es un gran autoengaño en forma narrativa, no es otra cosa.

Pongamos que planteamos un pasado que defina el carácter de un personaje concreto. Luego, una serie de circunstancias que son las que le harán entrar de lleno en la trama (adversidades, así como vientos a favor que le hacen perseverar en sus fines)… ¿Es esto así de simple? ¿Acaso existe alguien que esté condicionado de por vida por su pasado y condicionado en el presente por nada más que tres o cuatro circunstancias?

Dándole vueltas a ese inconveniente llegué hasta la idea de equilibrio. El equilibrio siempre es importante. ¿Por qué? Porque el mundo que rodea a un personaje (o más bien a una persona) viene condicionado por muchos más factores de los que percibimos a primera vista y que dependen, por entero, de que exista un equilibrio.

Es decir, si yo mañana a la hora del almuerzo salgo hacia la cafetería de costumbre y la camarera me saluda (como de costumbre) y me sirve mi habitual café, eso no cambiará la trama de mi vida.
Pero si mañana, a esa misma hora, fuera hasta mi cafetería de costumbre y la camarera me atendiera con cara de pocos amigos y me dijera que no hay café, que el repartidor no ha venido, ese pequeño detalle podría cambiar el curso de los acontecimientos rutinarios que vendrían a continuación.

Si tiro del hilo hacia delante estoy yo, buscando afanosamente otra cafetería cercana, comprobando si hay algún cartel que me impida encenderme un cigarrillo, saludando a una nueva camarera y haciendo que mi sola presencia le sea grata o desagradable, dependiendo de la amplitud de la sonrisa de mi rostro.

Si, desde ese punto, deshilacho hacia atrás podría encontrarme a un repartidor que no ha podido cumplir con su rutina debido a que su mujer se ha puesto de parto precisamente hoy y no hay nadie más que pueda llevarla de camino al hospital. A raíz del retraso que lleva la empresa de reparto, el pedido de café no ha llegado hasta mi cafetería de costumbre y la jefa de mi camarera de costumbre ha pagado con ella el cabreo por no disponer de café. Por su parte, mi camarera, ha visto tornarse su humor, debido a algo que escapa a su control. Pero su mal humor hace que a mí no me apetezca pedir cualquier otra cosa y quedarme a consumir allí.

Es curioso cómo el futuro hijo del repartidor y yo no nos conocemos, no tenemos nada que ver, ningún vínculo que nos una. Pero algo ha saltado de personaje en personaje, contagiándolo o dejando huella, como si fuera un virus contagioso.

Eso me lleva a señalar uno de los principales problemas de la literatura. Es imposible abordar la vida de un personaje al 100%. Podremos identificar una serie de causas y efectos, pero no podremos saber las circunstancias concretas que llevaron a Ahab a intentar asesinar a la ballena blanca. ¿Acaso fue cuando no le sirvieron café en su cantina de costumbre? ¿O acaso fue algo que leyó en el periódico de esa mañana y que le puso un humor de perros?

Y todo ocurre porque no hay un personaje, sino miles de millones de ellos. Un personaje colectivo que nunca deja de actuar, de moverse, de emprender cosas que llevan a otras cosas y a otras. ¿Cómo designar a un personaje como protagonista cuando todo lo que va a hacer viene determinado por todo lo que ha visto, oído, tocado, olido, saboreado o soñado a lo largo de cada momento de su vida? Es demasiado simple pensar que podemos librar a cualquier personaje de toda relación humana que haya mantenido desde el momento en que nació (por insignificante que esta sea), sabiendo que, a veces, la simple sonrisa de un niño puede llevarnos a nosotros a sonreir.

Desde esta perspectiva, es fácil verse influenciado a diario por el equilibrio que mueve a personas que, seguramente, ni conozcas, pero que se cruzan por tu lado en la calle pudiendo ser un nexo con tu futuro: Un repartidor que, probablemente, lleve el café hasta tu taza, una chica que podría ser tu próxima pareja, unos tipos que tocan en la calle y que podrían formar parte de tu próximo grupo favorito, un tipo con bigote y traje holgado que podría ser tu próximo jefe, o un bebé que podría ser quien eche tierra sobre tu ataud, cuando ya no formes parte del personaje colectivo.

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3 comentarios en “¿Quién es el protagonista?

  1. Creo que cuando escribimos una historia, escribimos una parte de ese personaje, podemos pensar algunas características, algo de su pasado y sus circunstancias, pero como dices nunca al 100%, pero tampoco hace falta, porque a las personas nunca nos conocemos tampoco del todo, ni siquiera a nosotros mismos.
    Muy interesante, Un saludo.

  2. Agatha:
    Sí, puede ser algo así, coordinación elegante de elementos dando igual la escala a la que se observe.

    Elena:
    Te tengo que dar la razón en algo, a veces no nos conocemos ni a nosotros mismos. Lo que ocurre es que nosotros no nos juzgamos a la hora de hacer esto o lo otro porque tenemos nuestros “motivos” (una forma fácil de resumirlo). Pero cuando un lector entra a participar de la vida de un personaje, siempre lo juzgará por sus actos, aunque empatice con él hasta el punto de sentir lo que el personaje sienta.
    Si ya es difícil conocer los motivos de las personas imagina conocer los entresijos de la mente de un personaje ¡Algo que no existe hasta que lo creas!

    Saludos.

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