Peligro biológico de un metro de altura

Subo al tren. Cada día he de coger un cercanías para ir y volver del trabajo. No es que me importe realmente, de hecho, los medios de transporte público son un perfecto caldo de cultivo para cualquiera que se dedique a escribir historias. Te permite observar a gente que no tiene nada que ver contigo comportándose tal y como son. En su salsa.

Allí asistes a una pequeña porción de vida de gente absorbida por su trabajo (suelen ser los que viajan sin despegar la vista de un portátil) o de auténticos soñadores (aquellos que viajan todo el camino escudriñando el paisaje a través de los cristales) o de gente con una gran vida social (los que hacen el recorrido con el teléfono pegado a la oreja compartiendo su conversación con todos los pasajeros del vagón).

Hoy no es distinto. Subo al tren y ocupo uno de cuatro asientos enfrentados. La gente continúa ocupando los asientos y, pronto, los que había vacantes junto a mí también son ocupados. Una madre y su hija pequeña.

La madre se sienta a mi lado y extrae un teléfono móvil de su bolso. Es de las que tienen una gran vida social. Pronto averiguo a qué se dedica, a dónde se dirige y quién irá a recogerla, sin ni siquiera preguntárselo.

Su hija pequeña (que tendrá alrededor de siete años) se sienta frente a mí. Me observa atónita con sus grandes ojos y su cara llena de pecas. Yo hundo los ojos en el libro que estoy leyendo. Me incomoda que me miren de esa manera, aunque sea una niña de siete años. Parece estar esperando algo de mí.

De repente y sin previo aviso, la niña comienza a estornudar sin apartar la vista del frente. Estornuda una, dos, tres, cuatro veces. Algo gelatinoso cuelga de uno de sus pequeños orificios. Lo recoge sin demasiado éxito con un clinex arrugado que porta en su mano derecha…

Algo, entonces, llama mi atención y me horroriza. El clinex está manchado de sangre. La niña no deja de mirarme con aquellos ojazos inquisitorios. Yo comienzo a sentirme enfermo. Acuden a mi mente conversaciones paranoides, preocupantes informaciones de telediario, titulares de revistas con la presidenta de la OMS en portada… Recorre mi mente el fantasma de la gripe A, la B, la C…

Su madre no suelta el teléfono y, atenta a su conversación, obvia lo que está ocurriendo junto a ella. La niña vuelve a estornudar con la vista clavada en mí. Me retraigo en mi asiento. Quiero escapar, salir de aquí. La madre parece darse cuenta y despega el teléfono de la oreja sudada por un momento. “¡Haz el favor de mirar para otro lado cuando estornudes!”, le reprende.

Pero ya sirve de poco, he de estar infectado. Todos vamos a infectarnos. Cualquiera que me bese caerá víctima de la infección. Cualquiera que comparta mi oxígeno también. Hay gente infectada en la televisión, en la prensa, en los aeropuertos, en los colegios, hasta en las películas que hay en cartelera.

Por mi mente resuena el eco del protocolo de emergencia que cayó en mis manos hace poco, en forma de folleto: “Si cree estar en presencia de alguien infectado con gripe A llame al teléfono gratuito de emergencias. Los agentes sanitarios se personarán allí para realizar los controles sanitarios oportunos”. En aquel momento me hacía gracia todo aquello. Pensaba en lo humorístico de un grupo de agentes vestidos de blanco de pies a cabeza, viniendo a por tí, metiéndote en una bolsa con el símbolo de “peligro biológico” y llevándote a unas instalaciones secretas donde serías puesto en cuarentena. Ya ha dejado de tener gracia la cosa.

Realizo el resto del viaje en una disimulada posición fetal. Acabado a mis veinticinco. No puedo creerlo.

No tarda en sonar por los altavoces la voz de la libertad: “Próxima estación con parada…”.

Salto con ímpetu de mi asiento y huyo hasta la puerta. Desciendo del tren y tomo aire.

El aire fresco del exterior parece hacerme recobrar la cordura. Acojonado por una niña con mocos adicta a las exploraciones nasales. Increible. ¿Qué será lo próximo? ¿Fobia a las nubes? ¿Al papel higiénico?

Camino hasta el coche burlándome de mi propia insensatez.

La gente está infectada, desde luego, pero no es de ninguna gripe.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s